RESPETAR LOS NIDOS


RESPETAR LOS NIDOS

Nada hay en la naturaleza tan lleno de gracia y de ternura como los nidos de las aves. Ya entre el follaje de los árboles, ya en el juncal de las lagunas, ora en las agrias crestas de la montaña, ora sobre el mullido césped de los campos, un nido, con sus frágiles y pintados huevecillos, es como un símbolo de calor maternal y de infantil alegría…
Ahora bien, los niños demuestran, en el campo, invencible propensión a saquear los nidos. La ciencia moderna mejor esos pequeños salvajes; y nunca, en efecto, demuestran mejor esos pequeños salvajes la incultura de sus instintos, que cuando atacan a mansalva los delicados hogares de los pájaros.
Un nido, en la rama de un árbol, es un objeto vivo y encantador, una caja de música; delita la vista y regocija el ánimo. Arrancado de su rama, es un objeto muerto y hasta repulsivo; un montón de pajuelas y de residuos.
Un nido, inviolado por la mano del hombre, es una fuente o germen de nuevos pájaros y nuevos nidos.
El poder de un niño es un antihigiénico despojo.
¿Por qué, entonces, quitar a esos pobres pajarillos su único tesoro? ¿Por qué destruir con torpe mano tantas vidas útiles y agradables? ¿Por qué despojar a la Naturaleza y al campo de sus mejores galas y atractivos?...
Pensad un momento, oh niños, en vuestro acto de vandalismo, y tal vez así lleguéis a contener el instinto salvaje que os impulsa.
¡Niños, respetad los nidos!

Carlos O. Bunge.

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