LAS BABUCHAS IRROMPIBLES - RESUMEN


LAS BABUCHAS IRROMPIBLES


Cuentan que había en El Cairo un perfumista llamado Abu-Cassem El Tamburi. Abu-Cassem era un hombre flaco y desgravado, de ojos negros y tristes. Muchos decían que era un hombre perezoso y abandonado. Pero además, sus vecinos sabían que era célebre por su avaricia. Y he aquí que, aunque Alá le deparaba la prosperidad en sus negocios, vivía y vestía como el más pobre de los mendigos: no llevaba encima más que harapos, y estaba sur turbante tan viejo, que no se distinguía su color. Sus babuchas habían sido remendadas durante veinte años por los más hábiles zapateros de El Cairo. Y a consecuencia de ellos, las babuchas pesaban tanto, que se habían hecho proverbiales en todo Egipto. Así, cuando un pedante maestro de escuela alardeaba de ingenio, se decía de él: “¡Alejado sea el maligno! ¡Tiene el ingenio tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!”.
Un día en que Abu-Cassem había hecho un negocio de compra y venta más ventajoso que de costumbre, estaba de muy buen humor. Así es que, en vez de par un festín, como es uso entre los mercaderes, le pareció más conveniente ir a tomar un baño en el hammam, donde nunca había puesto los pies. Llegado al hammam, dejó en el umbral sus babuchas, como es costumbre, y entró a tomar su baño.
Salió del hammam Abu-Cassem, y buscó sus babuchas; pero ya no estaba allí, y en lugar de ellas había un hermoso par de pantuflas de cuero amarillo. Y Abu-Cassem se dijo: “Sin duda Alá me las envía, sabiendo que desde hace tiempo estoy pensando en comprarla parecidas”. Y lleno de alegría por no tener que comprar otras, las cogió y se marchó.
Pero las pantuflas de cuero amarillo pertenecían al cadí, que aún se hallaba en el hammam. Y en cuanto a las babuchas de Abu-Cassem, al ver el hombre encargado de la custodia del calzado que aquel horror apestaba la entrada del hammam, las había escondido en un rincón.
Los servidores del cadí buscaron en vano sus pantuflas y acabaron por encontrar las fabulosas babuchas, que al punto reconocieron como las de Abu-Cassem. Y se lanzaron en su persecución, y cuando lo atraparon, lo llevaron ante el cadí, que lo envió a la cárcel. Y para no morirse en la cárcel, Abu-Cassem tuvo que mostrarse generoso en propinas con los guardias y oficiales de la policía, pues sabían que era tan rico como avaro.

Las mil y una noche.

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