EL PASTO Y EL JALIFA - LAS MIL Y UNA NOCHES - CUENTOS INFANTILES


EL PASTO Y EL JALIFA

Cuentan que el jalifa Abdul – ben – Meruán hubo, un día, de salir de cacería y se topó con una gacela. Entonces le echó encima la juaría y empezó a perseguirla. Y en tanto iba persiguiendo a la gacela, vio por aquello campos a un zagal que apacentaba su ganado.
- ¡Muchacho! – le dijo Abdul-. Tú eres quien puede dar alcance a la gacela; anda y corre tras ella.
Levantó el pastor su cabeza y le dijo:
- ¡Ignorante! ¡No sabes distinguir a las personas según valen! Me hablaste con imperio y menosprecio y tus palabras son las de un villano y tus acciones las de un asno.
- ¡Ay de ti! – exclamó el jalifa -. ¿No sabes, por ventura, con quién hablas?
- Lo que sé – respondió el pastor- es tu poquísima educación, ya que me hablas sin antes saludarme.
- ¡Yo soy el jalifa Abdul-ben-Meruán!
- Pues que Alá- replicó sin inmutarse el pastor- no te conceda sus mercedes. Que eres tan largo de lengua para la ofensa como corto de manos para el agasajo.
No había acabado el muchacho de proferir tales palabras cuando se vio rodeado por todos lados de la guardia del jalifa, al que todos saludaban, diciendo reverentes:
- Alá sea sobre ti, ¡oh emir de los creyentes!
- Dejaos de cumplidos- les dijo el jalifa- y prendedlo.
El prendieron en el acto y Abdul regresó a su palacio. Se sentó en su trono y ordenó:
- ¡Traedme aquí a ese pastor!
Le llevaron al muchacho. Éste, al ver aquella muchedumbre de chambelanes, visires y ministros, no se inmutó lo más mínimo ni preguntó quiénes eran sino que bajó la cabeza y fue caminando con mucho tiento, fija su mirada en el suelo para ver bien dónde posaba el pie, hasta que llegó al lugar donde estaba Abdul y se quedó plantado ante él cabizbajo y sin saludarlo.
- ¡Eh, perro! – le dijo uno de aquellos magnates-. ¿Por qué no saludas con gesto reverente a nuestro señor?
El pastor se volvió airado contra el ministro y le dijo:
- ¡Eh, alforja de asno! No lo saludo porque vengo cansado del camino y de subir las escaleras.
Creció el furor del jalifa al escuchar al pastor y exclamó:
- ¡Mocito, ten por cierto que hoy se cumple el término de tu vida! Tu sino queda decidido.
- ¡Por Alá! – exclamó el zagal-. Si cada cual tiene su sino de antemano escrito y ha de cumplirse en el momento preciso, sin que nadie lo pueda retrasar ni adelantar, no me pueden importar tus palabras ni poco ni mucho.
- ¡Eres el más nefasto de los árboles! ¿Por ventura está bien que uno de tu condición le hable al emir de los creyentes con ese lenguaje inconveniente?
- ¡Oh! – exclamó el pastor-. ¡No digas desatinos! Eternos serán tus reproches y tus lamentaciones. ¿Por ventura ignoras lo que dijo Alá (exaltado sea su nombre bendito) respecto a ese día en que cada alma se acusará a sí misma?
Llegó a su colmo la ira de Abdul, y exclamó:
- ¡Verdugo! ¡Córtale ahora mismo la cabeza a este mocito, que es harto hablador y no hace caso de la reprensión!
El verdugo lo cogió, lo tendió sobre una esterilla, desenvainó el alfanje y dijo:
- ¡Oh, emir de los creyentes! ¿De veras mandas que le corte el cuello, quedando yo inocente del hecho?
- Sí- respondió el emir.
El verdugo se detuvo nuevamente, interpeló al jalifa y éste le contestó lo mismo que la vez anterior. Volvió a interpelarlo por tercera vez y entonces el pastor comprendió que si el jalifa le daba su permiso, se acabaría la indecisión del verdugo y lo mataría sin remedio.
Y el pastor se echó a reír de suerte que dejó ver su muela de juicio, lo cual acabó de sacar al jalifa que quicio.
- ¡Mocito! Empiezo a creer que eres idiota de nacimiento o perdiste por completo el seso. De otro modo no comprendo que tomes a broma una cosa tan seria.
- ¡Oh, emir de los creyentes! – exclamó el zagal-. Lo mismo me da que adelantes o retrases mi muerte. Pero escucha, no obstante, estos versos, que ahora se me vienen a la mente. Y no olvides que, si me matas, no sacarás de ello ninguna ventaja.
- Vengan esos versos- dijo Abdul-. Pero te recomiendo brevedad.
- Obtenida la venia del emir, el pastor dijo así:

Cuentan de un neblí que un día
Encontróse a un pajarillo,
Y abusando de su fuerza,
Al punto lo hizo cautivo.
Pero en tanto que volaba
Con su presa hacia su nido,
Aleteando entre sus garras,
Díjole así el gorrioncillo:
- ¡Oh, rey del aire! Perdona,
Pero en verdad no me explico
Que te tomes el trabajo
De cazar a quien no es digno
De tal honor y, además,
Es tan desmedrado y chico,
Que se te quedará en nada,
En cuanto le hinques el pico.
Sonrióse el jerifalte
Halagado y conmovido,
Y al gorrión dejóle ir
Libre, contento y tranquilo.

Sonrió también el jalifa al oír aquella fabulilla y exclamó:
- Por vida de mi parentesco con el Enviado de Alá (sobre él la oración y la paz), que si desde un principio hubieras hablado así y me hubieras pedido todo lo de este mundo, menos el jalifato, yo te lo habría dado.
Y encarándose con uno de sus sirvientes, le ordenó:
- Anda y llénale su boca de perlas y brillantes y no te quedes corto en agasajarlo.
Es esclavo colmó de regalos al pastor. Éste los tomó y luego se fue por el camino.

Las mil y una noche.

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