EL HERMANITO DE DIOS - ALFONSINA BARRIONUEVO


EL HERMANITO DE DIOS


El maqt´illo saltó entre las breñas y el pequeño perro lo imitó, hilvanando un ladrido en el aire. El frío encendió de un manotazo la carita sucia del niño. La noche se coló entre sus orejas y llenó de sombras su cabellera hirsuta.

Sus pies descalzos rompían los espejos de agua. En la pampa se sentía ágil, galopando sobre un potro de viento. Sus piernas delgadas pero firmes devorando el sendero.
Por momentos corría entre el ichu o chapoteaba en los charcos haciendo saltar la luna en trizas. Uno que otro grillo saltarín caía en sus manos con su violín en ristres.
En un recodo del camino miró al cielo. Por allí, entre querubes y luceros, andaba Mamertucha, su hermanito, el cholo que se fue de la tierra con el hambre crucificada en sus facciones. Fue en tiempo de sequía cuando sólo había chupe para miligar las mañanas y las tardes de estómago vacío.
La noche estaba clara como un pozo de luna. El perro estiró el hocico a ras del suelo y olisqueó las matas con recelo. Entre la paja brillaban puntos de luz que parecían luciérnagas con sus bombillas encendidas.
- ¿Iman pasasunki, Siltucha? (¿Qué pasa, Siltucha?) – preguntó excitado.
El perro respondió con un ladrido, se acurrucó y comenzó a gemir. Los ojos del muchacho se llenaron de asombro cuando vio al niñito semioculto en una arruga de la pampa.
Lo encontró tiritando en un cerco de ortigas. Estaba desnudo y la luna lo envolvía en pañales de plata. Ni un copo de nieve era más blanco que su piel ni había más azul que el de sus ojos.
Se inclinó y tocó con miedo la espiga rubia de su pelo. El vaho que se desprendía de su cuerpo se convertía en cristales.
De pronto, su llanto hizo temblar el aire. Confundido, el maq´illo se inclinó más para hablarle, bajito, como arrullo de paloma.
- ¡Ay wayqey! ¡Ay sunqucha, ama waqaychu! (¡Ay hermanito! ¡Ay corazón, no llores!).
El muchacho resplandecía de gozo. Había oído hablar del Niño Dios, del santo niñito que se escapaba de los brazos de su madre, la Virgen María, para jugar en la pampa con una flauta hecha de hueso de un pajarito, pero nunca soñó con encontrarlo.
- ¡Ama waqaychu – repitió-, allkupuwan, noqapuwan, wasiman aparapusayki! (¡No llores, Siltucha y yo te llevaremos a tu casa!).
El sacristán lo amarraba con un tiento pero Él siempre se perdía. Prefería la punta al regazo blando de la Virgen. Andaba por la pompa y a veces jugaba con los niños sin decirles quien era ni de dónde venía.
- Saqra warmacha- se atrevió a decirle-. Llapamanta chinkarukuskanki. Mamachachá waqusian. (Endiablado chiquito, te has escapado otra vez. La Virgen estará llorando por ti).
El perro se deshacía en cabriolas y de vez en cuando lamía las manos del niñito.
Rosendo se quitó el atado que traía y lo extendió en el suelo. Al lado de sus wayruros llevaba chuño hervido, mote y chalona para él y su perro, y un moldecito de queso fresco y papas menudas, para el “recién nacido”, a quien esperaba ver en la iglesia.
En un trapo grande guardó todas sus cosas y en uno más chico colocó al Niño. Lo levantó asustado, sintiendo la finura de su piel sobre su mano áspera, callosa.
Se quitó también el chumpi nuevo que su madre, Elisa Atakauri, le obsequió para esa noche grande. Con la faja amarró al pequeño como vio hacerlo con su hermana Valicha, los brazos bien pegados al cuerpo y las piernas derechas.
- Hakuyá Niñucha. (Yastá, Niñito, ya nos vamos…) – dijo con ternura, temblando de emoción.
Una brisa tibia desordenó su pelo. El eco de música lejana resbaló por los cerros. Puso el Niñito a su espalda, le colocó el chullo y reanudó su marcha.
Al pasar, la paja brava lo arañaba, pero no la sentía. Una bandada de palomas revoloteó sobre sus pasos. El camino parecía de seda. A uno y otro lado la retama esparcía sus capullos dorados.
Desde la cumbre vio la Iglesia, como una torre de luces. Prendida en el abismo colgaba sobre el río el cucurucho de sus torres. La voz de pito de las mujeres trepó por los roquedales.
Haku pastor puririsun
Belen nisqan portallata
Belen portal nisqallanpis
Diospa churin suyawanchis.
Vamos pastor, vamos caminando
vamos al portal del Belén
dicen todos que en tal lugar
nos espera el Hijo de Dios.
Ya muy cerca infló el pecho y su mano oscura se cerró sobre el nudo. Sus mejillas quemaban. El corazón brincaba bajo su camisa. Al sonreír descubrió sus dientes de choclo.
Entró por el traspatio de la iglesia. En el altar tallado, de oro viejo, San José y María, vestidos de bayeta, ojotas y montera, esperaban a su Niño inútilmente. Una multitud se apretujaba en la única nave ansiosa por verlo, mientras el olor del incienso y la azucena aromaban el ambiente.
En la sacristía, un indio viejo caminaba desgranando su rosario. Sus pies descalzos se movían con fatiga. El sobrepelliz, sucio y raído, colgaba sobre sus hombros encorvados.
- ¡Taita! ¡Taita Dionisio…!
El maqt´illo tironeó de la manga del sacristán.
- Imatan munanki chikucha (¿Qué cosa quieres, chico?) – refunfuño con fastidio -. Estoy muy ocupado, ya vendrá el señora cura por el Niño y… ese travieso no aparece. ¡Ay! ¿Dónde estará?
- ¡Taita! ¡Taita Dionisio! – jadeó el muchacho-. El Niño está en mi atado. Lo encontré en la puna, entre las pajas. Allí estaba, llorando de frío.
Las arrugas del sacristán se encendieron. Removió sus pupilas en el cuenco enrojecido de sus ojos, sin lágrimas.
- ¡Dame, dame al Niño! – reclamó, tendiendo los brazos, y le lloró sólo de voz, enternecido-. ¡Niñucha! ¿Hasta cuándo te irás a los montes como pájaro sin nido? ¿Qué he de hacer? ¿Qué haré contigo, ahora que no puedo trepar cerros y que solo mi corazón va siguiendo tus huellas?...
El Niño había vuelto a ser estatua de yeso. Lucía angelical con su sonrisa de estampa. Las torres dispararon su salva de repiques y el Dionisio, reverente, comenzó a ponerle palika y faja de colores.
A su lado, respiraba como un fuelle el Rosenducha, el maqt´illo del milagro, que lo halló en el campo, tiritando, oculto entre los breñales.
Alfonsina BarrioNuevo

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