EL DE LA VALIJA - SEBASTIÁN SALAZAR BONDY


EL DE LA VALIJA

Una estación ferroviaria. Es de noche y un hombre duerme en una banca, cerca de una valija. No hay nadie más. Al rato, entra un guardia, con una linterna.
GUARDIA.- (Respetuoso). ¡Eh! ¡Despierte, señor! (Con delicadeza). El último tren partió hace media hora.
HOMBRE.- (Semidormido). ¡Claro! (Bosteza). ¡Aaah!
GUARDIA.- (Atento). Ahora tendrá que esperar hasta mañana. En la madrugada sale el expreso…
HOMBRE.- ¿El expreso? (Reaccionando). No me interesa…
GUARDIA.- (Observándolo atentamente). Oiga, señor… Podrían haberle robado la maleta… Lo mejor sería que se fuera a dormir.
HOMBRE.- (Irritado). Eso trataba de hacer. ¡Usted me ha despertado! ¡Déjeme dormir!
GUARDIA.- ¿Bromea? No es bueno dormir en un sitio público.
HOMBRE.- (Cortante). ¡Hace tres días que mi cama es un sitio público! Un parque, u otro lugar así.
GUARDIA.- ¿Y esa maleta? ¿No es suya?
HOMBRE.- (La mira). Alguna vez tuve una, pero no se parecía en nada a ésa… (Echándose). ¿Contento?
GUARDIA.- ¿Entonces de quién es?
HOMBRE.- (Irónico). ¡Adivina adivinador! Con el sueño que tengo, no estoy para charadas…
GUARDIA.- Se la debe haber olvidado algún pasajero.
HOMBRE.- ¡Es usted prodigioso para dar soluciones!
GUARDIA.- ¡Me la llevaré! Siempre reclaman objetos perdidos y la empresa se jacta de entregarlos intactos. (Como dándose cuenta). ¿Y usted qué hace aquí?
HOMBRE.- ¡Duermo! (En broma). ¡No! ¡Trato de dormir, a pesar de su charla!
GUARDIA.- ¡Es usted un vagabundo!
HOMBRE.- ¡Y usted es una lumbrera! ¡Sí, soy un vagabundo!
GUARDIA.- ¡Aquí está prohibido pasar la noche! ¡Lo siento! ¡Tendrá usted que irse!
HOMBRE.- (Cínico). Más lo siento yo. (Suplicante). Le prometo que me iré temprano.
GUARDIA.- Lo lamento. Soy el funcionario más recto de la empresa y no voy a arriesgar mi prestigio…
HOMBRE.- (Ensayando un último argumento). Dígame ¿le premió alguna vez la empresa su probidad?
GUARDIA.- Me dieron una medalla y un diploma. (Pausa). El primer premio, en monedas contantes y sonantes, se lo dieron a un inglés. (Pausa). ¡Pero la medalla es muy hermosa!
HOMBRE.- Seguramente, pero mejor suena el dinero. Dura menos, pero nos dan cosas a cambio: trajes, alimentos, diversiones.
GUARDIA.- (Condolido). Fue una injusticia…
HOMBRE.- (Pensativo). ¿Qué va a hacer con esa valija?
GUARDIA.- ¡Consérvala hasta que la reclamen!
HOMBRE.- (Insinuante). ¿Nunca curiosea dentro de ellas?
GUARDIA.- (Digno). ¡Nunca!
HOMBRE.- ¿Y si dentro de ella hay un descuartizado?
GUARDIA.- ¿Qué?
HOMBRE.- (Aprovechando el desconcierto). ¿No sabe que los asesinos utilizan ese sistema muchas veces? Meten a sus víctimas en una maleta y la dejan en cualquier sitio. (Pausa). ¿O si hay una bomba? ¡Lo lógico es que usted abra la maleta!
GUARDIA.- (Con mal disimulado pavor). ¡Pero las reglas…!
HOMBRE.- (Con desprecio). ¡Las reglas de la empresa! ¿El premio al inglés estaba también dentro de esas reglas?
GUARDIA.- ¡Una pequeña injusticia! ¡No soy rencoroso! Además… ¿si no contiene lo que usted dice?
HOMBRE.- (Dueño de sí). Si no, ¡pues se entretiene, se entera de la psicología del propietario, de sus costumbres, de sus vicios! ¡Yo no le digo que robe! ¡Le propongo una distracción, no un pecado!
GUARDIA.- ¿Y si nos viera su dueño?
HOMBRE.- (Decidido). No hay peligro… ¡Comencemos! ¿Tiene usted un alicate? (El guardia se lo entrega). ¡Prometamos no dejarnos tentar si hay joyas y otros objetos valiosos!
GUARDIA.- ¡Terminemos! ¡Ya me muero de curiosidad! ¡Al diablo con los perjuicios!
HOMBRE.- ¡Bravo! En la vida hay que ser decidido… si no, los ingleses se llevan los premios… ¡Manos a la obra!
GUARDIA.- (Sonriendo). ¡Al agua, patos!
(El hombre fuerza la cerradura y abre la valija).
HOMBRE.- (Hurgando la maleta). ¡Oh! ¡Aquí hay un orden admirable! ¡Disciplina! Vea las camisas, los calzoncillos, las camisetas, un traje… ¡Orden!
GUARDIA.- ¡Un hombre elegante!
HOMBRE.- Pero su elegancia no es moderna…
GUARDIA.- (Embobado). Cierta rigidez…
HOMBRE.- Digamos rigidez del profesor de ética. Son tipos tiesos como palos, solemnes, sin gracia ni agilidad.
GUARDIA.- ¿Y ese paquete escondido? ¿Será una bomba?
HOMBRE.- ¡Veamos! (Desenvuelve el paquete). ¡Un fustán!
GUARDIA.- (Admirado). ¡Será un regalo para su esposa!
HOMBRE.- ¡Nada de eso! ¡Será para su amante! ¿Usted no ha tenido ninguna?
GUARDIA.- ¡Soy un hombre casado!
HOMBRE.- Bueno, dejemos ese pecadillo de nuestro hombre. En este rincón, hay cigarrillos. Finos tabaco oriental.
GUARDIA.- ¡Quizá podríamos probar uno!
HOMBRE.- ¡No! ¡Nada de hurtos! Vea, agua de colonia europea. El profesor sabe vivir… Y vea aquí. Jabones. Un hombre limpio ¿ah?
GUARDIA.- ¿Jabones caros?
HOMBRE.- Carísimos. Y mire esto: ¡una factura por ciento de lápices! ¡Y de cuadernos! ¡Debe estar escribiendo una obra de varios tomos!
(Poco antes, ha entrado un vejete tembloroso y encogido. Tímidamente se acerca a los hombres y se queda mirándolos, perplejo).
VIEJO.- Deseo… Este… La maleta.
GUARDIA.- ¿Viene usted de parte del profesor?
VIEJO.- No… Pero… mi maleta…
GUARDIA.- ¡Usted no es el dueño! ¡Usted es un viejo enclenque, no un profesor de ética!
HOMBRE.- (Al guardia). ¡Cálmese! (Al viejo). ¿Tiene usted pruebas de que es el dueño?
VIEJO.- Bueno… Sí… Allí hay una tarjetita con mi nombre…
HOMBRE.- (Rebuscando en la maleta). Efectivamente. (Leyendo). “Pedro Pérez, agente viajero”. La maleta es del señor.
GUARDIA.- (Embobado). Entonces… ¿usted es el profesor?
VIEJO.- Desagradecidamente, no. (Guardando todo en la valija). Me paso la vida de un lado a otro vendiendo jabones, hojas de afeitar, lápices, cuadernos. Me casé y tengo una mujer que es un monstruo… Vean lo gorda que es por este fustán. Y ahora, me retiro. Tengo prisa. Mi mujer es una fiera. (Se va).
HOMBRE.- ¡Bueno! Nos equivocamos. Así es la vida. ¡El hábito no hace al monje!
GUARDIA.- ¡Qué lamentablemente me resulta no haber conocido al profesor de ética!

Sebastián Salazar Bondy

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