LA PIEDRA ARDE - RESUMEN - EDUARDO GALEANO


LA PIEDRA ARDE

En Pueblo Niebla vivía un viejito solito y solo. Hacía cestas de mimbre y zapatillas de cáñamo. Las regalaba a los vecinos y se ofendía si querían pagarle. Él se ganaba la vida como guardián de los huertos.
El viejo había venido de un lugar muy lejano y nunca hablaba de su vida. Nadie se animaba a preguntarle: “¿Siempre fuiste tan feo?”. Porque el viejo andaba encorvado y cojeaba de una pierna. Era muy blanco el poco pelo que le quedaba. Una cicatriz la atravesaba la mejilla. Tenía la nariz torcida y cuando se reía abría una ventana, porque le faltaban los dientes de arriba.
Una noche de otoño, un niño llamado Cara sucia saltó la tapia de un huerto para robar manzanas. Y al escapar, resbaló y cayó sobre una matorral lleno de espinas. Gritó.
El viejo guardián no lo azotó con ortigas. Tampoco lo denunció ante su madre. Ni siquira lo regañó. Meneó la cabeza, gruñó, le lavó los arañazos y lo acompañó hasta la puerta de su casa sin decir una palabra.
Pocos días después, Carasucia se perdió en el bosque. El techo de árboles apenas dejaba ver el cielo. Carasucia se enredaba en los ramajes y chapoteaba en el barro cuando vio una piedra brillante. La piedra brillaba aunque estaba cubierta de musgo y de barro. Muerto de cansancio, Carasucia se sentó en la piedra. Pero apenas apoyó el trasero, pegó un salto y lanzó un grito de dolor. ¡Pobre Carasucia! La piedra quemba como un carbón encendido.
Furioso, Carasucia la pateó. Cuando el zapato raspó la piedra, unas pequeñas letras aparecieron. La boca de Carasucia quedó como una O. Entonces restregó la piedra con una rama. La piedra ardiente daba cada vez más luz mientras Carasucia le iba quitando el barro y el musgo. Por fin, pudo leer estas palabras en la piedra desnuda:
Joven serás, si eres viejito, partiéndome en pedacitos.
Carasucia pensó: “Si parto la piedra, seré un bebé y no sabré caminar. ¿Y después? ¡Ah, no! ¡Tendré que empezar la escuela de nuevo! ¡Al primer curso otra vez!”. Y también pensó: “¡Qué mala suerte! ¡Encuentro una piedra mágica y no me sirve para nada!”.
Entonces recordó al guardián del huerto, que había sido bueno con él y bueno con los demás. Y pensó: “¡El viejo bailará como un trompo y saltará como una pulga y volará como un pájaro! ¡No volverá a toser! ¡Tendrá las piernas sanas y una cara sin tajos y una boca con todos los dientes!”
Con tan asombro descubrimiento, Carasucia había olvidado que era muy tarde. Sintió miedo. Para darse coraje, habló en voz alta. Al escuchar su propia voz, sintió menos miedo. Hablar en voz alta ayuda mucho cuando uno está perdido y solo y siente miedo. Carasucia dijo:
- Tengo que volver. Pero después ¿Cómo encontraré la piedra? ¡Ya sé! Voy a dejar señales en el camino.
Se sacó la camisa y la desgarró en tiritas. Exploró un camino de salida y fue dejando una tirita de tela colgada de los árboles. Caminaba a los tropezones y muy lentamente, porque el bosque que estaba bastante oscuro y enemigo. Le temblaban las rodillas y él decía, en voz alta:
- Fuera, miedo.
Y como las piernas le seguían temblando. Gritaba:
- ¡Fuera, miedo! ¡Fuera de aquí!
Entonces las piernas le seguían temblando, pero solamente por el frío.
Cuando Carasucia consiguió salir del bosque, ya había caído la noche. La Luna le iluminó los pasos hasta su casa.
A la mañana siguiente, Carasucia bajó a los huertos y le contó al viejo lo de la piedra. Él lo escuchó con una respiración dificultosa. Luego le acarició la cabeza, bebió un chorro de vino de la bota de cuero y aceptó acompañarlo hasta los pantanos del bosque. Siguiendo la ruta de las tiras de trapo, llegaron hasta la piedra.
El viejo miraba la piedra mágica, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. La piedra brillaba como un desafío.
- ¡Vamos, rómpela! – dijo Carasucia, tironeándole la ropa. Pero el viejo no se movía. En cambio, se apoyó contra el tronco de un árbol y sacó tabaco de una bolsita. Muy de a poquito iba cargando su pipa, como si fuera un trabajo de siglos.
- ¿Quieres que vaya a buscar un martillo para romper la piedra? – se ofreció Carasucia.
- No – dijo el viejo-. ¡No quiero!
- Pero… ¿No vas a romperla?
El viejo arrimó una ramita seca contrala piedra candente. Cuando se prendió, encendió con ella su pipa.
- Pero… pero… - Carasucia sintió que las lágrimas le saltaban a los ojos. Estaba furioso y gritó.
- ¿Para eso me quemé? ¿Para eso pasé tanto frío y tanto miedo?
El viejo echó una bocanada de humo.
- Ven –dijo.
Y apoyó una mano sobre el hombro de Carasucia.
- Yo sé lo que piensas – dijo- y quiero explicarte. Soy viejo, aunque bastante menos de lo que crees, y soy cojo y estoy desfigurado. Yo sé. Pero no me creas tonto, Carasucia. Tonto no soy.
Y por primera vez en tanto años, el viejo contó su historia.
- Estos dientes no se cayeron solos. Me los arrancaron a golpes. Esta cicatriz que me corta la cara, no viene de un accidente. Los pulmones… la pierna… Rompí esta pierna cuando me escapé de la cárcel. Hay otras marcas que no puedes ver. Marcas que tengo en el cuerpo y no solamente en el cuerpo y que nadie puede ver.
Los resplandores de la piedra candente iluminaban los pómulos del viejo y le ponían chispas en los ojos.
- Si parto la piedra, estas marcas se borrarán.
Pero estas marcas son mis documentos de identidad ¿comprendes? Me miro al espejo y digo: “Ese soy yo”, y no siento lástima de mí. Yo luché por mucho tiempo. La lucha por la libertad en una lucha de nunca acabar. Ahora hay otros que luchan, allá lejos, como yo he luchado. Mi tierra y mis gentes no son libres todavía. ¿Comprendes? Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición.
A través del bosque, caminaron de regreso a Pueblo Niebla. Iban tomados de la mano. Y el niño sentía que la mano del viejo era muy calientita.
Eduardo Galeano.

2 comentarios:

  1. un muy buen relato me lo contaron de niño ahora lo volvi a leer gracias centos Don Coco

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