LA JUVENTUD DE BOLOGNESI


LA JUVENTUD DE BOLOGNESI

Un sentimiento innato en el nombre y que se robustece con la educación, es el amor a la patria, que en casos dados rinde frutos de extraordinaria hermosura, héroes y mártires que la sociedad venera y la historia un fue militar en su juventud, ni tal vez la idea de serlo asomó antes por su mente.
Pero desde niño manifestó el mismo fervor patriótico que le acompañó al sepulcro.
No hablaba de guerras, ni de victorias de sangre; pero en sus conversaciones amistosas y en el seno de los suyos expresaba sus anhelos de dedicarse al comercio, a la industria, a sacar de las entrañas de la tierra sus productos naturales para contribuir por este medio al engrandecimiento positivo del Perú, su patria querida.

Así fue que, terminados sus estudios de educación secundaria en el Seminario de Arequipa, ciudad en donde se hallaban a la sazón establecidos sus padres, pasó, como empleado, a la casa comercial del Lebris y Violler que tenía extensas negociaciones en ese departamento y otros de la república.

Contaba entonces Francisco Bolognesi apenas dieciséis años de edad, y a los tres de labor asidua e inteligente, mereció el puesto honroso y delicado de tenedor de libros.

Allí continuó disfrutando del aprecio y confianza absoluta de sus jefes, durante mucho tiempo.
Sin embargo, no estaban colmadas sus aspiraciones; necesitaba campo más abierto e independencia que la condujera al punto donde se proponía llegar.

Con tal motivo, en 1840, se separó de los señores Lebris y Violles para trabajar por cuenta propia.

Así lo hizo.

El prestigio que había alcanzado como hombre de negocios le valió la adquisición fácil de capitales para explotar las riquezas que guardan en su seno las abruptas montañas de Carabaya, y luchando bravamente con los salvajes, consiguió penetrar hasta donde nadie había llegado.

Su principal negocio fue el mismo que emprendió su señor padre en aquellas comarcas: las cascarillas y la coca.
Y era de ori a Don Francisco relatar las aspiraciones, peligros y peripecias que en cada viaje le acontecían y que sólo un carácter de toledano acero como el suyo podía haberlas soportado.

Pero ya se aproximaba el momento en que el comerciante y explorador debía abandonar ese estrecho círculo, porque su alma grande no cabía allí.

Su infortunada patria, su amada madre patria necesitaba sus servicios y su vida en un no lejano porvenir, y era urgente que él, designado por el Dio de las naciones para que salvase el honor del Perú, llevara espada al cinto y tuviera al efecto, en la hora de la prueba, el mando superior del combate.

Ismael Portal.

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