HISTORIA DE PERROS - RESUMEN - CIRO ALEGRÍA - PERROS HAMBRIENTOS


HISTORIA DE PERROS

Zambo y Wanka vinieron de lejos. Para hablar más precisamente: los trajo el Simón Robles. Eran muy tiernos aún y tenían los ojos cerrados. Viajaban en el fondo de una concavidad que hizo su conductor doblando la falda delantera de su poncho. Acaso sintieron un continuo e irregular movimiento. Lo producía el trote de un caballo por un largo camino lleno de altibajos.
- Juana, traigo perrooooos….- gritó el Simón Robles, mientras llegaba a su casa. Ella corrió a recibirlos y luego los condujo al redil.
En medio de las sombras infantes, lactaron allí de unos pezones tiesos y pequeños durante muchos días. El hombre niega al perro pastor la teta maternal y le asigna la ovejuna. El perro crece entonces identificado con el rebaño. Es así como nuestros amigos abrieron al fin los ojos y se encontraron con un universo de formas redondas y blancas. Y entendieron que las ovejas pertenecían a su vida. Después, la perrita hizo la experiencia de andar. Y se topó contra las patas y resbaló sobre el guano. Un balido le hirió los sesos. Quiso imitarlo y no consiguió sino ladrar.
Sin embargo, su pequeña voz estremeció a un corderito y apartó a una oveja. Entonces sintió la diferencia. Mas, de todos modos, la ubre era buena y podía seguir mamando. La vida es primero, y las ovejas le daban la vida. Su hermano, a poco, entendió lo mismo.
Entretanto, la apertura de ojos fue entusiastamente celebrada por Vicenta, que en este tiempo era la pastora, y por la Antuca. Llevaron los perros a la casa.
- ¿Qué nombre les ponemos?
El Simón Robles dijo:
- A la perra hay que ponerle Wanka.
Y el Timoteo opinó:
- El perrito, que más oscuro, que se llame Zambo.
Fue así como quedaron bautizados. El nombre del perro se entendía, pues era más gris que Wanka, ¿pero el de ésta? Sin embargo, nadie preguntó al Simón la razón de este apelativo. Él mismo, tal vez, la ignoraba. Wanka fue una aguerrida tribu del tiempo incaico. La palabra, acaso, le brotó del pecho como brota una estrella de la sombra.
El caso que Wanka y Zambo fueron creciendo encariñados con las ovejas y con los Robles. Sus ojos vieron más claramente y más lejos. Sus amos tenían la piel cetrina. El Simón y la Juana andaban algo encorvados. El Timoteo hinchaba el poncho con un ancho tórax abombado. La Vicenta, erguida y ágil, era quien les enseñaba las tareas pastoriles. Pero intimaban con la Antuca, la pequeña y lozana Antuca. Los esperaba cuando volvían de las alturas y se iba a la choza que los guardianes ocupaban en un ángulo del redil. Jugaban a pelearse. Ella gruñía manoteando y ellos hacían como que le propinaban terribles tarascadas. Era una feroz e incruenta lucha que las ovejas veían con aire asombrado.
También se familiarizaron con la región. La casa de sus amos se recostaba en la falda de un cerro, rodeaba de plantíos. Más allá, en medio de lomas y laderas, asomaban otras casas también circundadas de chacras. Al frente, muy lejos, levantábanse unos inmensos cerros azules. Wanka y Zambo jamás pensaron ir por ahí. Eran largos los caminos, altas las rocas y no se podía abandonar el ganado.
La vida era buena. Iban creciendo. Pronto estuvieron grandes. Las delgadas y lacias orejas, siempre alertas, se erguían ante la menor novedad. ¿Raza? No hablemos de ella. Tan mezclada como la del hombre peruano. Estos perros esforzados que son huéspedes de la cordillera andina no se uniforman sino en la pequeña estatura el abundante pelambre y la vozaguda. Ancestros hispánicos y nativos se mezclaban en Wanka y Zambo, tal como en el Simón Robles y toda la gente atravesada por esos lados.
Y llegó el tiempo en que el ganado del Simón Robles aumentó y necesitaba mayor número de cuidadores, y también llegó el tiempo llegó el tiempo en que la Antuca debió hacerse cargo del rebaño, pues ya había crecido lo suficiente. Entonces, el Simón Robles dijo:
- De la parición que viene, separaremos otros dos perros pa nosotrus.
Y ellos fueron Gueso y Pellejo. El mismo Simón les puso nombre, pues amaba poner nombres y contar historias. Designaba a sus animales y a las gentes de la vecindad los más curiosos apelativos: a una china adicionada a los lances galantes le puso “Pastora sin manda”, y a un cholo de ronca voz y feble talante, “Truento en ayunas” a un magro caballo, “Cortaviento”, y a una gallina estéril, “Poniaire”. Al bautizar a los perros, dijo en la merienda:
- Que se llamen así, pues hay una historia, yesta es quiuna viejita tenía dos perros: el uno se llamaba Gueso y el otro Pellejo. Y jué quiun día la vieja e su casa con los perros, yentón llegó un ladrón y se metió bajo e la cama. Golvió la señora po la noche y se puso a acostarse. El ladrón taba calladito ay, esperando quella se durmiera pa augala silencito sin que lo sintieran los perros y pescar la bacenica, le vio las patas al ladrón.
Y como toda vieja es sabida, esa también era. Yentón se puso a lamentarse, como quien no quiere la cosa: “Yastoy muy vieja; ay, yastoy muy vieja y muy flaca; gueso y pellejo no más estoy”. Y repetía cada vez más juerte: ¡gueso y pellejo!, ¡gueso y pellejo! Yeneso, pue, oyeron los perros y vinieron corriendo. Ella les hizo una señita y los perros se jueron contrel ladrón haciéndolo leña… Pueso ta gueno questos se llamen también Gueso y Pellejo.
La historia fue celebrada y los nombres, desde luego, aceptados. Pero la vivaz Antuca hubo de apuntar:
- ¿Pero como pa que adivine la vieja lo quiba a pasar y les ponga así?
El Simón Robles replicó:
- Se los puso y después dio la casualidá que valieran esos nombres… Asiés en todo.
Y el Timoteo, arriesgando evidentemente el respeto debido al padre, argumentó:
- Lo ques yo, digo que la vieja era muy diotra laya poque no trancaba su puerta. Dinó, no hubieran podido dentrar los perros cuando llamaba. Y sies que los perros taban dentro y no vían dondel ladrón, eran unos perros po demás zonzos…
El encanto de la historia había quedado roto. Hasta en torno del fogón la lógica se entromete para enrevesar y desencantar al hombre. Pero el Simón Robles respondió como lo hubiera hecho cualquier relatista de más cancha:
- Cuento es cuento.
Y esto equivalía a decir que hay que aceptar las historias con todos los tumbos que, al recorrerlas, pudiera darles el buen sentido; más si la vida misma tiene a veces acentos de fábula.

Ciro Alegría

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