EL DESARRAPADO - ENRIQUE GALLO ARCE


EL DESARRAPADO

Un zarrapastroso mozuelo andaba por el campo cuando de repente vio una sortija engastada con un brillante y esmeraldas, zafiros y rubíes, al pie de un jacarandá que, movido por el viento, arrojaba florecillas de color lila. Mirando de un lado a otro para ver quién lo observaba, se la guardó en uno de los bolsillos de su remandado pantalón.
Luego de caminar largo rato pensado en lo que le diría su madre, en lo mal que había hecho de recoger una sortija ajena, llegó a su casa y expresó a voz en cuello:
- ¡Mamá! ¡Mamá!
- ¿Qué pasa, hijo? – contestó la madre.
- He encontrado una sortija – respondió el arrapiezo a la vez que extendía la mano con la valiosa sortija.
- Déjala en el lugar en que la encontraste – respondió la madre.
- Bueno, mamá – arguyó el mozuelo.
La madre, medio confundida contemplaba que su hijo trasponía la puerta principal de su casucha, para dirigirse al mismo sitio en que había encontrado la sortija.
Al cabo de algunos minutos, el mozuelo se encontraba en el mismo lugar en que la había hallado, miró a su alrededor, la dejó y partió de vuelta a su casa. En ésta encontró a su madre triste, cansada, quien a poco prorrumpió:
- Preferible es ser honrado. Sé que tus hermanitos enfermitos, necesitan medicinas, pan, ropitas. Tu padre gana poco en la hacienda; dicen porque no sabe leer.
Entretanto redondas lágrimas de sufrimiento enjugóse con un trapo mugriento.
Sin pensar más, el arrapiezo volvió por tercera vez al lugar en que la había dejado, cogióla con avidez, al paso que se nublaban con gruesos brillantes sus ojos. No pensaba al cogerla sino en su madre, en sus hermanitos. Aparentemente repuesto volvió a su casa. Lo turtaba pensar de que traía algo que no le pertenecía. Sin decir tus ni mus, la dejó sobre una mesita en la que habían una taza y vaso desportillados. Al principio la madre no pudo balbucir palabra alguna, luego le expresó:
- Has hecho mal en traer lo que no te pertenece. Aunque nos muramos de hambre, preferible es ser, como ya te dije, honrados: orgullo de nuestro pobre hogar.
- ¿Y papá? – dijo el muchachuelo, pensando en lo que diría su padre.
- El pobre sólo trabaja como buey para un techo humilde y un pedazo de pan… Pobre, Nemesio. Nadie lo ayuda.
Mas, sin que se dieran cuenta madre e hijo, se sobreparó a la entrada de la casucha, una señora elegantemente vestida, quien les expresó:
- Tomadla; vosotros la necesitáis. No os preocupéis por la sortija, antes bien recibiréis de vez en cuando ayuda mía. Sólo quiero de vosotros discreción. Yo soy viuda, sola.
Y, en diciendo esto, se retiró feliz, más feliz que nunca.
Mientras la aurora teñía de púrpura el cielo de mediodía, mientras los pajarillos gorjeaban en las enramadas, mientras el ambiente de aromas ponía un instante de sosiego en el atribulado corazón de la madre, el mozuelo perdíase por el dorado sendero tarareando una alegre cancioncilla, al par que le caían flores de color lila, flores de color rosado, sobre su enjuto rostro.

Enrique Gallo Arce
Peruano

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