EL CUSCO INCAICO - JOSÉ GABRIEL COSTO


EL CUSCO INCAICO

El Cuzco incaico, por sus riquezas, el Fausto de sus palacios y el esplendor deslumbrante de sus templos repletos de oro, era una verdadera Caaba.

Los Emperadores ofuscaban con el esplendor de su corte y la majestad de su real persona.
Cuando el inca paseaba por las calles de la ciudad, con ocasión de las grandes fiestas, o salía en medio del estruendo de sus músicas guerreras, el silencio temeroso reinaba en el ambiente.
Su litera o usnu, la conducían indios de Lucanas, firmes y acompasados de paso.
Indios de Chuchump Huilcas, donairosos y gráciles en el movimiento, ejecutaban extrañas danzas y cantores y sirvientes de Paruro alegraban la real comparsa.
Cuando la primera embajada de Pizarro fue a saludar a Atahualpa, presidia por Hernando Pizarro, en las cercanías de Cajamarca, bastó una mirada del Emperador para que sus servidores cambiasen los vasos en que servían el brebaje incaico por otros más primorosos.

Y cuando Chalcuchímac fue a saludar a su Rey, preso, lo hizo llevando una carga sobre las espaldas y con la mayor humildad que cabe en condición humana.

Y mucho después, cuando Túpac Amaru, el último rey de Vilcabamba, iba a ser inicuamente ajusticiado en la plaza del Cuzco, la gran multitud de indios que llenaban la explanada de Huacci Pata (Andén de lágrimas) y los cerros próximos prorrumpió en un alarido horrísono y desesperante, y fue suficiente que en Inca levantara el brazo y lo dejara caer bizarramente para que esa marejada humana quedase sumida en un silencio taciturno y doliente.

Jerez, el primer secretario de Pizarro, pinta a Atahualpa con los toque más vivos, haciendo resaltar la prestancia personal del Inca, así como la majestuosa gravedad con cuidaba de su personal decoro. Atahualpa, dice, era bien apersonado y dispuesto, y cuando hablaba lo hacía con gravedad….

José Grabiel Costo

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