MI BUEN DUENDECITO - CUENTOS DE DUENDES


MI BUEN DUENDECITO

El padre del pequeño Arturo fue muy claro con él antes de partir al pueblo para asistir a la abuelita Isabel, quien luchaba por sobrevivir:
-Tu madre y yo tenemos que dejarte por unas horas, nuestro fiel Duque te hará compañía. Tú eres muy valiente, ¿podemos ir tranquilos?
-Vayan nomás, que la abuelita los necesita -dijo el niño, pese a que vivían en una apartada casa huerta.
Arturo escucho el lejano galopar de los caballos y recién empezó a sentir miedo. Abrazó a Duque e intentó quedarse dormido, pero el estruendo de una carcajada lo hizo saltar de su lecho; y cuando quiso asegurar la puerta, una fuerza descomunal se lo impidió.
Era un enano con inmensas orejas y una risa burlona:
“Lo siento mucho -le dijo- pero tú no estás bautizado...”
Duque temblaba más que su dueño y este tartamudeaba al tratar de explicar la anomalía, causando en el duende mayores carcajadas:
-¡No me lleves, duendecito! -suplicó Arturo.
No soy tan malo -dijo el duende-, pero las leyes son las leyes. Sabes, mi nombre es Tipilotín.
Arturo estalló en carcajadas al oírlo, riendo tanto ambos que Duque se sintió confundido.
-Me has caído tan bien -dijo Tipilotín- que te daré plazo para que te bautices y, además, te concederé un deseo.
-¡Sana a mi abuelita!
-exclamó Arturo y estalló en llanto.
El duende lo abrazó y lloró junto a él.
-Yo no tengo abuela ni padres, pues sólo me debo a mi hada; pero hoy te sentí como a un hermano.
Y desapareció.
Sus padres llegaron al alba con buenas noticias de la abuelita. Arturo corrió a abrazarlos, repitiéndoles cuánto los quería.
FIN


Jogag
Fuente: ColecciónAmiguitos

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