EL GUARDABARRERA - CHARLES DICKENS - CUENTOS DE TERROR


EL GUARDABARRERA
¡Eh, oiga! ¡El de ahí!
Cuando escuchó mi voz, el guardabarrera volvió con un gesto rápido, asustado. Pero no para mirar hacia donde yo estaba, sino hacia el túnel.
-¡Eh, oiga! ¡EI de ahí! - repetí. Esta vez sí, miró hacia arriba y me vio. Se quedó mirándome muy Feamente, sin apartarse de la caseta.
-¿Cómo puedo bajar hasta donde está usted?
Se tocó la gana nerviosamente y con la banderita me señaló un punto a unos doscientos metros a mi derecha. Efectivamente, había un camino que bajaba zigzagueante hasta las vías.
Ya estaba casi abajo cuando volví a Fijarme en la Figura del guardabarrera, que ahora me esperaba de pie entre los raíles. Incluso desde lejos, la actitud de su cuerpo, con la mano en la barbilla y expresión de alarma, se le veía angustiado por mi llegada.
Cuando estuve tan cerca de él que casi podía tocarle, dio un paso atrás y levantó la mano.
- Perdón, no estaba seguro de si lo había visto antes.
- ¿A mí? ¿Dónde? – me extrañé.
- Allí – dijo señalando la luz roja que se encontraba junto a la boca del túnel.
Su inquietud acabó cuando ambos estuvimos convencidos de no bebemos visto nunca, aunque debo confesor que me dejó indignado. Iniciamos, con algún titubeo, una conversación superficial que pareció relajarle.
Me contó que su ha bajo requería por encima de todo mucha atención, y que pasaba largas horas en el puesto, un lugar excesivamente triste y solitario. Pero se había acostumbrado y había aprendido a dejar pasar el tiempo.
Después me invitó a entrar en la caseta del puesto. Junto a un escritorio, tenía el libro de registro, un telégrafo y una campanilla. Por lo visto, de joven había sido estudiante de Filosofía, aunque por razones que ya no importaban había acabado dedicando su vida al Ferrocarril.
Durante la conversación, sólo detuvo su charla para levantarse en dos ocasiones. Salía al exterior, miraba la luz roja próximo al túnel y regresaba con la misma expresión de espanto con que me había recibido. Me intrigó el talante temeroso que mostraba y cómo se pasaba nerviosamente la mano por el pelo todo el reto. Quise saber más:
-Parece usted un hombre satisfecho de sí mismo -le mentí, para ver si me contaba algo más de él.
-Así era, sí. Pero últimamente estoy muy preocupado.
-¿Preocupado? Si aquí apenas pasa nada, ¿no?
-Bueno, sería un poco largo de explicar -dijo en un susurro-.
Si quiere, véngame a visitar otro día y hablamos largo y tendido.
Pero sobre todo –añadió-, no me llame al llegar, no me grite eso de "¡Eh, oiga! ¡El de ahí! .Y por cierto -me dijo- ¿por qué usó exactamente esas palabras?
-Pues... no sé, me salió así, supongo -respondí.
Finalmente, quedamos en vemos la noche siguiente. Llegué hacia las once y él salió a recibirme con disimulada simpatía. Entremos en la caseta y nos sentamos junto a una pequeña chimenea encendido Entonces me permitió conocer su extra- vagante historia:
-Ayer le contundí con otra persona. Mi preocupación es esa persona.
-¿Se parece tanto a mí?
-Nunca le he visto el rostro. Siempre se lo tapa con la mano izquierda y al mismo tiempo me hace extraños gestos con su brazo derecho.
Imitó el gesto que acababa de relatar moviendo el brazo, como queriendo decir. "¡Apártese de ahí, salga!". E inmediatamente continuó:
-Una noche vi a esa persona junto a la luz roja que está al lado del túnel. Usted la habrá visto. Es la señal de peligro del puesto. Escuché desde la caseta una voz que gritaba las palabras que usted ya sabe: "¡Eh, oiga! ¡El de ahí!". Salí de la caseta y lo vi allí de pie, al lado del túnel. Cuando llegué a su lado, y ya casi le podía tocar, desapareció. Entré corriendo en el túnel con mi Farol y me adentré un buen tramo, hasta comprobar que realmente se había evaporado.
Interrumpí entonces su relato para hacerle notar que quizás Fue imaginación suya, pues tantas horas de soledad a veces ocasionan trastornos de ese estilo.
-No. Pocas horas después, ocurrió el Famoso occidente
-me corrigió-. Los muertos y heridos Fueron evacuados por el mismo túnel por donde él desapareció. Tras esto, pasó medio año sin que volviera a aparecer, pero la otra noche volví a ver al espectro. En el mismo sitio, pero esta vez sin decir nado.
-¿Y?
-Nada, no Fui. Tuve tanto pánico que entré en la caseta; creí que me desmayaba y tuve que sentarme. Al rato, salí y ya no estaba.
-¿y nada más? ¿No ocurrió nada especial?
-Ese mismo día, cuando pasaba un tren por delante del puesto, vi que en uno de los vagones había mucho ajetreo. Avisé al conductor rápidamente, y cuando la máquina se había parado por completo, escuché voces asustadas. Al llegar al vagón, bajaban en brazos a una bella señorita que había Fallecido de repente.
Entonces aparté de él la mirada, como negando que todo aquello Fuera posible.
-Desde hace una semana, siempre aparece ahí, junto a la luz roja. Un día sí, otro no -prosiguió.
-¿Y qué hace?
-Me grita eso, hace esos gestos, y hace sonar la campanilla de la caseta.
Le pregunté por esto último, que me llamó la atención.
-Ayer cuando usted estaba aquí sonó dos veces. Usted no la oyó, porque el espectro hace sonar la campanilla con unas vibraciones determinadas.
-y cuando usted salió las dos veces de la caseta, ¿estaba allí, junto a la luz roja?
-Sí, señor.
Llegados a este punto, decidí poner heno a toda esa locura y salimos juntos.
-¿Y ahora, está allí? -le pregunté casi irritado.
-No, señor. Ahora no está.
Continuó entonces hablando de la Forma más natural, como si la existencia de ese ser
Fuera evidente para ambos. Explicó que se sentía preocupado porque, sin duda, todo aquello significaba que algo terrible sucedería en la línea del tren. Pero no podía decir nada a sus superiores porque lo tomarían por loco.
Cuando nos despedimos, yo también le tomaba pm loco. Pero mi curiosidad me llevó a quedar con él para vemos la tarde siguiente.
Así, al otro día, salí con tiempo sobrado hacia el puesto para aprovechar los últimos rayos de sol. Iba paseando pm el terraplén de encima del túnel y al llegar me asomé... ¡Dios mío, qué horror: Junto a la entrada del túnel, lo vi: un hombre se tapaba la cara y agitaba Frenéticamente el brazo derecho. Ese hombre... ¡Era de verdad' Cerca de él, un corrillo de personas se agrupaban junto a una sábana tendida en el suelo.
Convencido de que había pasado algo grave, me apresuré a descender hasta el puesto.
-¿Qué ha sucedido? - pregunté, atolondrado, al llegar.
-El tren ha atropellado al guardabarrera, señor.
Pregunté pm los detalles de lo sucedido y me contestó el conductor de la locomotora
-Cuando la máquina estaba cerca de la salida del túnel, vi al guarda de espaldas. Lo avisé con el silbato, pero no reaccionó y grité con todas mis Fuerzas: "¡Eh, oiga! ¡EI de ahí!".
Pero nada. En el último instante me tapé los ojos para no verlo y moví una y otra vez mi brazo derecho para que se apartara. Pero todo Fue en vano. ¡Ha sido terrorífico!
No hace Falta alargar más este relato. Sólo cabe subrayar la misteriosa coincidencia entre los gestos del maquinista y los que veía el guardabarrera, y las palabras tan exactas que pronunciaba el espectro, y que también pronunció el maquinista. Y hasta yo mismo, en mi primera visita: “¡Eh, oiga! ¡El de ahí!”
CHARLES DICKENS

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