LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE - CUENTOS DE TERROR


LOS CRÍMENES DE LA CALLE MORGUE

Resolver enigmas no es cosa fácil. No basta con ser un buen calculador, ni tampoco es suficiente ser un gran observador. Quizá lo más importante sea estar atento a todos las maneras posibles de llegar a la verdad Esto es lo que en realidad ayuda a descubrir que la verdad no siempre está tan escondido.
Para ilustrar estas ideas, lo mejor es un buen ejemplo:
El señor C. Auguste Dupin y yo estábamos una mañana desayunando en un café de París. Hojeábamos distraídos un periódico, cuando leímos un titular importante: Extraordinarios crímenes.
La noticia contaba que en la madrugada anterior, en una casa de la calle Morgue, se habían encontrado los cuerpos sin vida de una tal señora L'Espanaye y de su hora, la señorita Camille. Según explicaba La Cazette, los vecinos se despertaron con los gritos que procedían de un cuarto piso. Al rato, y ayudados por dos gendarmes, los vecinos pudieron abrir la puerta del edificio. Mientras subían temerosos las escaleras hubo aún más gritos, que callaron antes de llegar al piso. Y cuando encontraron en Lino de las habitaciones, se encontraron con u no escena que les revolvió el estómago.
La habitación estaba en violento desorden y había restos de sangre y matas de pelo canoso, arrancadas de cuajo y esparcidas por el suelo. También había una navaja de barbero ensangrentada y dos pequeñas bolsas abiertas, con gran cantidad de dinero. Iniciado el registro, se encontró primero un cadáver, el de la hija. Su cuerpo estaba boca abajo y atascado en la chimenea de la habitación; su aspecto era terrorífico. La cara y el cuello de la joven estaban deformados por los golpes y las magulladuras, y se veía que había sido estrangulada. Las huellas de unas manos sucias de hollín alrededor de su garganta así lo indicaban.
Más tarde, se encontró el cuerpo de su madre en el patio trasero, con el cuello brutalmente cortado y la cabeza casi desprendida del tronco. El periódico remarcaba que no se conocía el motivo de tal carnicería. La policía estaba completamente desorientada.
Al día siguiente se publicaron nuevos detalles de los hechos. El titular para esta ocasión era: La tragedia de la calle Morgue.
La Gazette citaba, una por una, las declaraciones de los testigos, entre ellos algunos extranjeros residentes en París. La mayoría eran vecinos que habían participado en el descubrimiento de los asesinatos. Todos explicaban que las Fallecidas eran personas muy discretos y que recibían pocas visitas. La noche de los crímenes se escucharon dos voces gritando: una grave y otro más aguda. Todos, sin excepción, atribuían la voz más grave a un hombre Francés, quizá con acento extranjero. Sin embargo, sobre la voz aguda no se ponían de acuerdo. Aunque nadie había entendido exactamente qué decía, unos afirmaban que también era Francés, mientras a otros les había parecido española italiano, e incluso mencionaron las lenguas rusa y alemana, a pesar de que ningún testigo hablaba ni comprendía estas lenguas.
También se habían recogido declaraciones del banquero habitual de las señoras y del recadero del banco. La declaración del banquero tenía interés: la señora L'Espanaye había retirado cuatro mil Francos tres días antes de su muerte. El recadero, por su parte, contó que había acompañado a la señora hasta su casa por seguridad y que, al llegar, la h0a ayudó a su madre a subir las dos bolsas de dinero,
Mi amigo Dupin se interesó enseguida por aquel asunto y me di cuenta de ello porque no hacía comentario alguno, cuando era un tema que lo merecía, Sin duda, lo estaba analizando en silencio, Sólo cuando se enteró de que el empleado del banco había sido detenido, me habló por primera vez del acontecimiento:
-Amigo, sólo con la lectura de algunas declaraciones no sacaremos nada en claro de este asunto, Sería un buen entretenimiento para ambos poner algo de nuestra parte para aclarar estos crímenes, ¿Le gustaría? Tengo una buena amistad con el jefe de la policía y nos dejará ver el lugar del crimen.
Cuando al día siguiente Dupin llegó con la autorización, nos dirigimos a la calle Morgue, Antes de subir al cuarto piso, Dupin quiso que rodeáramos el edificio, Primero caminamos por la parte trasera del bloque y después observamos la Fachada, de arriba abajo.
Dos gendarmes en la puerta nos abrieron paso cuando mostramos los permisos. Subimos las escaleras y llegamos a la habitación donde aun estaban los dos cadáveres. Se había respetado el desorden de la habitación y mi amigo lo examinó todo con muchísimo detalle, incluidos los cuerpos. Permanecimos tres horas en el dramático escenario.
Hasta el día siguiente, Dupin no quiso hablar del asunto y estuvo todo el día pensativo. Estábamos en su casa me preguntó:
- ¿Qué ha observado usted de particular en esa habitación?
- Nada, bueno nada… que no hubiéramos leído en el periódico-
Y me dijo:
- Si este caso se ha considerado imposible de resolver es que la situación no es obvia, pero si sencilla. Ya le puedo asegurar desde ahora que el recadero del banco es inocente. Y para su sorpresa le voy a decir que, en estos momento, estamos esperando la visita de un hombre que, aunque no es culpable, está implicado en el caso.
Me dio un buen susto, y también una pistola. Me dijo que la escondiera en mi chaqueta y que estuviera alerta por si llegaba el sospechoso. Parecía que Dupin ya sabía casi todo lo que tenía que saber, así que puse mucha atención en la continuación de su relato:
“El asesinato ha sido cometido por terceras personas. Resulta imposible que la señora L´Espanaye matara primero a su hija y luego se suicidara, ya que no tendría fuerza para subir el cuerpo de la chica por la chimenea.
Por otro lado, los testimonios sobre las dos voces son claros. La voz grave es de un hombre que habla francés, pero nadie ha sabido describir bien la voz aguda, y ningún testigo ha podido entender una sola palabra de las que pronunció. Usted podrá pensar que quizás era una voz asiática o africana, pero no abundan en París
Trasladémonos ahora mentalmente a la habitación. La inspección del cuerpo de la señorita Camille me dio una pista importante. Las huellas de su cuello estaba tan separadas entre sí que parece imposible que un ser humano tenga unas manos tan, tan grandes.
Además, introdujeron el cuerpo con tanta fuerza por la chimenea, que ni dos hombres juntos podrían haberlo hecho empujando el cadáver por la cabeza.
Como ni usted ni yo creemos en seres sobrenaturales, he deducido que sólo un animal puede haber cometido esta acción. ¡Sorprendente, sí, amigo mío!
Al conocer esto, pensé en la cinta que encontré en el patio trasero junto a la señora L´Espanaye. Suelen usarla los marineros malteses para sujetarse el pelo. También es conocida la costumbre de los navegantes, durante sus viajes al trópico, de traerse a Europa animales de especies exóticas. En este caso, un orangután. ¿Me sigue?”
Ante mi mirada perpleja me reveló sus conclusiones definitivas:
“El animal se debió escapar durante la noche y trepó por la ventana de la pared trasera del edificio. El marinero los persiguió, y cuando llegó a la casa encontró ese espectáculo de muerte y sangre. Seguramente se estremeció al descubrir el uso torpe y brutal que había hecho el animal de la navaja barbera. El simio, al ver a su dueño, se asustó y quiso corregir sus acciones. Tiró a la señora L´Espanaye por la ventana del patio trasero y quiso también quitar de en medio a la hija. Por eso, intentó sacar el cuerpo de la joven por la chimenea, pero la salida era demasiado estrecha.”
La narración se interrumpió de repente cuando llamaron a la puerta. Desde fuera alguien preguntaba en francés, con acento extranjero y voz temerosa:
- ¿El señor Dupin? He visto su anuncio en el periódico sobe un orangután encontrado en el Bois de Boulogne. ¡Es mío!
Cierto, era un marinero maltés. Él, ni tampoco yo, había imaginado que alguien llegara a relacionar al orangután con los asesinatos.
Edgar Allan Poe

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