LONCHE EN LA ESCUELA - RESUMEN EDGARDO RIVERA MARTINEZ


LONCHE EN LA ESCUELA

La señorita Cuadros insistió: "Tengo que viajar de urgencia a Lima y no hay quién me reemplace en la escuela, pero tú puedes hacerlo, ¡por favor!". Y yo repliqué otra vez: "Yo no he enseñado nunca, y además sólo tengo diecisiete años... ".
Mas ella porfió: "Sólo se trata de una semana, y has acabado el colegio con buenas notas". "Pero, ¿y el director? ¿Qué dirá el director?". "Ya le he hablado al respecto y dice que está bien... ".
Era guapa y amiga de mi familia, y por otro lado yo necesitaba la gratificación que me ofrecía. ¿Cómo negarme? Acepté, pues, el inesperado trabajito, y ella me informó: "Mis alumnos son niños del segundo grado de primaria, que proceden de hogares campesinos muy pobres. Tendrás que ganar su interés y tener mucha paciencia". "¿Son muy traviesos?". "No, pero aun si lo fueran, no quiero que les des ni el más pequeño jalón de orejas, ¿eh?". "¿Y qué tengo que hacer?". "Ejercicios de lectura, dibujo, y desarrollar algunos puntos del Programa, nada más... Ah, y también cantar".
Así fue cómo el lunes siguiente acudí a esa escuela de un pueblo cercano a Jauja y me presenté al director. "Así que eres tú", dijo después de mirarme con curiosidad. Me formuló algunas preguntas y luego me llevó al salón de clase para presentarme a los escolares. Vi que sólo unos pocos vestían uniforme, y que algunos estaban descalzos. "Este joven", dijo con cara impasible "estará con ustedes mientras dure la ausencia de la señorita Cuadros, y pórtense bien porque no aguanta pulgas". Y allí me dejó desconcertado por tan gratuita apreciación. ¿No era ésa la primera vez que me veía? ¿Por qué me atribuía mal carácter? ¿Por reírse? Mis flamantes pupilos se limitaron a observarme, intimidados.
Comencé por los temas que figuraban en el libro señalado por el Ministerio, bien aburridos en verdad, y que hablaban de cosas muy ajenas al mundo de la sierra.
Pasé después a unas sumas y restas, todavía más tediosas. Vi que en ambos casos los chicos no me seguían, y que me miraban con el mismo recelo del principio. Intenté una charla sobre los insectos domésticos, con el mismo y lamentable resultado.
Por suerte sonó la campana, y los niños se fueron a jugar y yo salí al patio. Allí me topé con la maestra del cuarto año, quien acogió con frialdad mi saludo. Me advirtió: "No sea usted como Celia Cuadros, pues no hay que ser blando con los cholitos... ". N o supe qué responder y me alejé furioso. Más allá se extendía el campo luminoso y dorado de julio.
A la hora siguiente traté de hablar sobre las riquezas del Perú, pero tampoco tuve éxito. A mis alumnos no les importaban el algodón ni la pesca, tampoco los minerales, y menos el guano. Y nadie sonrió cuando dije que, después de todo, una parihuana o un papagayo también eran una riqueza de la patria.
Por la tarde las cosas no fueron mejor.
Eso de "El niño y la salud" debía resultarles insoportable. Y además, ¿a qué chico le interesa saber cómo se contrae el paludismo? ¡Qué mal se anunciaba la semana! En el recreo, el director me llamó para preguntar cómo me iba. "Bien, señor", mentí. Él sonrió, sardónico. Sin duda consideraba que no valía la pena administrarme consejos, dado el poco tiempo que yo estaría en su establecimiento. Y me avisó: "Ha llegado esa leche en polvo que nos manda a veces la Unicef, así que a la hora de salida diles a los críos que se queden un rato, y haz que los mayores la preparen. Ellos ya saben, y cuando todos hayan tomado su taza, los despachas y te vas... ".
A las cuatro les dije a mis alumnos, que ya estaban enterados de la noticia: "A ver, ¿dónde están sus pocillos?". Y ellos me mostraron sus latitas. "¿Y la olla?". No había olla sino una lata usada grande, de las de manteca. "¿Y la cocina?". Menos aún, y el de más edad me informó: "Allá al canto hacemos bicharra y con paja calentamos... ".
Asombrado fui con ellos al sitio indicado, junto a los rastrojos de una chacra que colindaba con la escuela. Allí, sobre un improvisado fogón de piedras, pusimos el recipiente de agua sobre el fuego. Pero no me quedé mirando, sino que yo también fui a recoger paja y ayudé a soplar y atizar la candela, y tanto que comencé a lagrimear con el humo. Uno de mis alumnos señaló: "Usted no tiene que hacerlo... ". "¿Por qué no?". "Los demás maestros miran no más... ". "¿Ah sí?". "Y dicen que la leche no es buena, y por eso no toman... ". Yo no hice caso y continué colaborando hasta que el líquido comenzó a hervir. Disolvimos la leche en polvo, llené sus "tazas", y como quedó un poco, me serví un vaso. Me senté después, y ellos también. Fue entonces que reparé en el cambio que se había operado en sus semblantes Sí, pues ya no me miraban con la desconfiada timidez de antes, sino con una expresión abierta, incluso cálida.
Nos pusimos a charlar, y pronto parecíamos viejos amigos. Se me ocurrió entonces preguntarles si les gustaban los cuentos, pero no los de hadas ni caperucitas, como los del Libro de lectura, sino los nuestros, de zorros, cóndores y huaychaos. Y como ellos dijeron que sí, allí nomás les conté uno, y después otro, y rematé con el juego ese en que yo preguntaba qué le dijo el gato a una lechuza, y qué la lechuza a un otorongo, y qué éste a la taruca, y así por el estilo. Y fue tanto el éxito que el portero vino a avisar que ya se había pasado la hora y debíamos irnos. Nos despedimos, pues, hasta el día siguiente, y emprendí el retorno a mi casa.
Mientras caminaba me dije que no tenía sentido tratar de imitar lo que hacía -por- que tal era su deber- la señorita Cuadros, y menos aún seguir los pasos señalados en el Programa Oficial. Era demasiado corto el tiempo que yo pasaría en la escuela, de modo que sería mejor dedicar la mayor parte de esos días a contarles a los pequeños relatos de nuestra tierra, muchos de los cuales había oído yo en boca de los campesinos que frecuenté en mi infancia, y en los que podíamos introducir variaciones. Y a cantar también, pero no el Himno de las Américas o aquello de Cual bandada de palomas, sino huaynos de Jauja, aun a riesgo de que nos oyeran la señora Pérez o el director. Y a juegos de ingenio y acertijos. Sí, y de esa manera ellos verían que también se podía aprender dejando volar la imaginación, con los seres y las cosas de nuestra tierra, y deleitamos con su música y sus adivinanzas. ¿Por qué no? Y me pareció también que así mi paso por el aula tendría algún sentido y no sería sólo un contacto anodino y fugaz, que los niños olvidarían muy pronto. Sería más bien, para ellos, una experiencia placentera y provechosa, y para mí inolvidable.

EDGARDO RIVERA MARTINEZ


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