LA FURIA DE AQUILES – EL HOMBRE CONTRA LA MONTAÑA


 EL HOMBRE CONTRA LA MONTAÑA

Un barro estaba por nacerle en el peor sitio.
Se me hizo evidente que el barro no nacido había empezado a obsesionar a mi amigo. Se palpaba la punta de la nariz cada vez con mayor frecuencia, y lo vi observar de reojo a Pupo Benítez, más conocido como "cara de cárcel", porque estaba lleno de barrotes. Por alguna razón pensé en mi libreta de notas llena de calificaciones altas con tinta azul, y en la de Mirko, donde las calificaciones en rojo eran usuales. Me imaginé que si un día aparecía en mi libreta una nota en rojo, me habría obsesiona- do con ella. ¿Pensaba eso Mirko al ver el rostro de "cara de cárcel" plagado de rojos, y compararlo con el suyo inmaculado?
Mientras Mirko pensaba en tal contrariedad, y yo lo acompañaba en su dolor sin que él lo supiera, el cura Paredes entró a visitarnos intempestivamente para explicarnos que el anuario de nuestra promoción ya estaba en marcha, y que nos iban a tomar las fotos individuales este lunes en un cuarto acondicionado a modo de estudio fotográfico en el colegio.
Siempre he pensado que Dios estaba distraído, o especialmente sarcástico, cuando planificó la adolescencia de sus criaturas humanas. No encuentro otra razón para que, en la etapa en que los seres humanos se sienten más inseguros, les lluevan plagas como los gallos en la voz, el acné implacable, la vergonzosa menstruación o la presión para escoger un oficio que afectará el resto de sus vidas.
Mirko no sólo era inseguro como todos nosotros sino que, además, le tenía un especial terror al ridículo. Me imagino su horror al darse cuenta de que su primera foto pública podía inmortalizarlo con un grano en la punta de la nariz. Todo Trujillo riendo y el cura Paredes sonriendo divertido, qué salado este muchacho, si el anuario hubiera sido en blanco y negro no se le habría notado tanto ese guindón rojo. Luego de ponerme en el lugar de Mirko pude entender su obsesión. Además, no cabía posibilidad de que el suyo fuera un grano minúsculo. A Mirko le salían barros muy pocas veces, pero cuando le nacían siempre eran grandes, casi como forúnculos.
El método que siguió para destruirlo antes del lunes no lo supe por su boca sino hasta años después, cuando recordamos eventos intrascendentes de la adolescencia que acabarían marcando nuestras vidas.
Lo primero que hizo el sábado al levantarse fue constatar en su espejo el tamaño de la montaña. A esas alturas, se había convertido en el Aconcagua de cuantos barros le habían tocado en suerte. Muy preocupado, empezó a examinar de manera detectivesca el grano para ver si tenía orificio de salida. No encontró un solo poro extendido. Sólo una cúpula roja, brillante y lustrosa.
Sabía que apretar un grano sin orificio visible era inútil y sólo habría provocado la furia de la bestia, hinchándola más a causa de la inflamación. Ni siquiera un buen maquillador podría tapárselo entonces.
Buscó ayuda en su botiquín. Hizo a un lado el clásico Acnomel y agarró un pote de Oxy 10 que había sacado a hurtadillas de la farmacia de su padre.
Según la propaganda médica, era lo más fuerte para el acné severo. Se colocó la crema blanca en la punta de la nariz y rogó que con el correr de las horas, el orificio apareciera.
Cuando después del almuerzo corrió al baño para quitarse la capa de ungüento, la decepción casi lo tumba al suelo. El grano no sólo no mostraba orificio, sino que parecía haber crecido.
Su voz interior le dijo que se acercaba el momento de dejar de lado la medicina clásica para acudir a métodos más caseros. Si para la noche el Oxy 10 no le maduraba el grano, tendría que recurrir al Kolynos.
No sé si rezó antes de dormir, o si fue más práctico y elucubró qué métodos extremos seguiría al día siguiente si el dentífrico no le daba resultados.
Cuando despertó en la mañana se lavó la cara ilusionado. Pero el agua se llevó sus esperanzas por el desagüe. El monte rojo seguía ahí sin mostrar su puerta de salida. Lleno de rabia acumulada en el último segundo, lo apretó con todas sus fuerzas.
Un hincón dolorosísimo proveniente del núcleo del grano le advirtió que, aquella, sería una lucha feroz. El hombre contra la montaña.
Alguna vez había leído que tomar dos litros de agua al día ayudaba a limpiar la piel de impurezas.
Pero eso no le importaba un folículo. Lo que quería era orinar en el acto. Cuando llenó con su orina uno de esos pyrex en que se nace gelatina, metió el recipiente en el hornito eléctrico en que su madre solía calentar la comida. Al sacar el recipiente se quemó el dedo. Profiriendo obscenidades contra su grano y su mala suerte llevó el pyrex con orina caliente rumbo al baño. Con un gotero, Mirko absorbió unos cuantos mili litros amarillos y los hizo gotear lentamente sobre su barro insolente. La idea era que el líquido caliente ayudara a abrir los poros aledaños de par en par, para que la úrea penetrara y se encargara del resto. Así estuvo Mirko, haciéndose gotear orina en la cara por media hora, hasta que se agotó el recipiente. Aún no había señales del cráter que debía haber aparecido. De repente necesita una ayudita, pensó. Presionó nuevamente las faldas del volcán a ver si la presión exterior ayudaba a que la lava blancuzca exigiera su propio camino. Pero sólo tuvo más dolor. Y el Aconcagua se transformó en el Everest.
Ya que su barro no lo hacía, Mirko decidió estallar por él. ¡Grano granuja, te voy a matar!
Acordándose de que la canasta de costura de su mamá estaba cerca, dio tres pasos resueltos hacia ella. Buscó el alfiletero y, al encontrarlo, escogió la aguja más fina y pequeña. En el baño cogió un copo blanco de algodón y al no encontrar alcohol medicinal -en casa de herrero, cuchillo de palo- lo empapó con la loción de afeitar de su padre. Con esa masa empapada se dedicó a desinfectar la aguja y la cima de su grano. Luego, y sin esperar a que la loción se evaporara, buscó con sus ojillos agudos aquella zona donde supuestamente debía aflorar la salida del grano. Apretando los dientes hincó el poro incipiente y lo perforó hasta que el dolor le dijo que no podía avanzar más. Acto seguido apretó con sus dedos, pero sólo sangre acudió a la superficie. Sin perder la sangre fría, continuó la cirugía atacando otro poro. Y otro. Y otro. Hasta que su grano se convirtió en una loma llena de agujeros sanguinolentos.
En un arrebato ulterior, Mirko apretó aquella coladera a ver si por alguno de esos huecos se dignaba a aparecer el espíritu blanco de la montaña.
Pero nada ocurrió.
GUSTAVO RODRÍGUEZ

1 comentario:

  1. esta bueno ese cunto ahahahhahahahhahaha sobre todo q nos muestra cuales son los problemas mas feos q nos pasan en la adolescencia

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