LA CAZA DEL PUMA - FRAGMENTO DE LA SERPIENTE DE ORO - CIRO ALEGRÍA


LA CAZA DEL PUMA

Calemar no duerme. El puma encantado recorre el valle en todas direcciones y cada día te mayores fechorías.
Asaltó la majada de los Cárpenas, matando cuatro cabras por puro gusto. En un gramalotal amaneció tenido un asno al que había abierto el cuello de una feroz tarascada y devorado el pecho. Un perrillo fue más osado que los otros murió también, pero éste de una dentellada que le destrozó el gaznate.
El puma azul siembra el terror y la muerte.
Los caballos y asnos duermen ahora a la puerta de las casas y los perros son golpeados para que se queden en los rediles, pero apenas sienten a la fiera, huyen a ladrar temerosa mente, restregándose contra las piernas de los dueños.
Y los varones velan con las armas en las manos y las mujeres piden a Dios que destruya o aleje a la fiera.
Más doña Mariana ha hecho mucho. No ha estado con las manos caídas o simplemente juntas y orando. Ella aguaitó, noche tras noche, hasta darse cuenta del sitio bajo de la empalizada por el cual entraba la fiera dando un ágil y elástico salto. Entonces, pensó en dos bastones de chonta y estuvo aguzándolos durante tres días sobre una piedra, pues su machete se abolló a los primeros golpes como una roca.
Y han quedado los bastones de chonta estacados en el lugar donde la fiera debe caer después del asalto.
Es una noche lóbrega en que llueve. Los hombres metidos en la obscuridad de sus chozas, hacen sonar de rato en rato garrotes y machetes.
Doña Mariana, acuclillada tras la puerta de su bohío, vela; el Matarrayo está con ella, pero su hocico no profiere el más leve ladrido, por el bozal ceñido que lo aprieta.
La espera se prolonga y debe ser muy tarde, porque algunos gallos cantan ya, cuando las cabras comienzan a balar y agitarse topeteándose contra los maderos de la empalizada. Ladran medrosa y coléricamente los perros y he aquí que, de pronto, se escucha un rabioso rugido. Las cabras del corral dan balidos en los que trema el terror, en tanto que Matarrayo lucha por abrir las fauces y tiembla.
Y sí, sí: ¡Ahora la fiera sigue rugiendo, ahora ha caído!
La fiera se ha engarzado en una estaca por la panza y, rugiendo, se retuerce inútilmente tratando de zafarse al advertir la presencia de la mujer. El suelo está hecho un charco de sangre y doña Mariana, con un furor que se le vuelve candela en los ojos, coge un garrote y penetra en el redil gritando con todas sus fuerzas:
- ¡Cayóooooo!... ¡Cayóooooo!... ¡Cayóooooo!...
Los cholos, seguidos de sus mujeres, abandonan los bohíos y cuando llegan al redil de doña Mariana, ella está todavía golpeando el cráneo de la fiera al que ha convertido en un bollo sanguinolento. Una gran piedra que levantan y dejan caer sus manos temblorosas lo hacen reventar y los sesos saltan por todos los lados. Pero acaso sea suficiente: doña Mariana se arma de nuevo garrote y golpeando el hocico, el espinazo, las patas, la panza:
-Toma dañino; toma, perjuicioso; toma, toma...
Ciro Alegría Fragmento de “Serpiente de oro”

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