EL GALLINAZO, LA ZORRA Y EL CUY


EL GALLINAZO, LA ZORRA Y EL CUY


La puerta de su casa, sentadito, comiendo maní estaba el cuy. La zorra, oliendo, pasó por allí.
-Buenos días mozo, dime, ¿qué comes?
-Mamita, es maní -dijo el cuy.
-¿Y no hay respeto en esta casa para los mayores?
-Mamita, está duro.
-Tengo buenas muelas, cuy -repuso la zorra.
El cuy metió la mano a su hualqui, sacó una piedra semejante a un maní y se la dio a la zorra. La vieja la puso apresuradamente en el hocico y por más que la mascujeaba la piedra no se partía.
-Ay, ¡qué duro! -gruñía.
-Mamita, busca una laja, pones tu cola encima, acuestas el maní y con otra laja le das duro.
Segurito se parte.
La zorra preparó todo y con una piedra descargó sobre el supuesto maní un gran golpe. No pudo repetir la suerte. Saltó como un resorte. Dando agudos chillidos giraba como loca, tratando de pescar con el hocico la cola herida. El cuy se metió al fondo de su madriguera.
Enfurecida la zorra se arrodilló junto al hueco del cuy y por mucho tiempo estuvo metiendo una pata y después otra, a fin de atrapar al malvado. Un gallinazo pasó volando y le llamó la curiosidad ver a la zorra llena de tierra, moviendo el rabo y muy entregada a la empresa de capturar al cuy.
-Comadrita -dijo el gallinazo-, ¿qué le pasa a su merced?
-Que me debe plata el cuy y no me la quiere pagar.
-Si en algo puedo servir... -dijo el gallinazo.
La zorra rogó al gallinazo que vigilara la casa del cuy, mientras ella buscaba ramas secas a fin de hacer fuego y ahumarlo.
El gallinazo, muy cuadrado, cuidaba por entero la entrada.
Cuando el cuy vio que la zorra se alejaba se aproximó a la puerta.
-Mi señor gallinazo -dijo- abra bien sus ojitos que me vaya escapar.
El gallinazo estaba atento, con ojos muy grandes. El cuy, tomando un puñado de tierra fina se la arrojó y huyó como el viento.
Pasó mucho tiempo, un día al torcer un camino se encontró con la zorra y el gallinazo. Bufó la raposa e hizo crujir sus plumas el gallinazo. El cuy, como si nada.
-Qué suerte -dijo- andaba en vuestra busca. Me han invitado a una fiesta y faltan músicos...
El gallinazo tocaba la guitarra y la zorra pulsaba el arpa que era un primor. Apenas oyeron decir "fiesta" olvidaron lo pasado y convinieron en todo. El festejo, según el cuy, se daba en un maizal. Habría comida en abundancia y mucha diversión. Según lo establecido, el ruido de los cohetes y avellanas era señal que venía gente y los músicos debían tocar con entusiasmo.
Salió la luna. El gallinazo tomó su guitarra muy adornada con cintas peruanas y la zorra cargó el arpa. Muy contentos llegaron al maizal y se sentaron a esperar. Al cabo de un rato sintieron los primeros cohetes y con ellos templaron sus instrumentos y tocaron el primer número.
El cuy había incendiado el maizal; lo había prendido por diferentes sitios. Las cañas reventaban alegremente llenando de chispas el cielo. Perdidos en medio del inmenso maizal, tocaban y tocaban la zorra y el gallinazo. Muy tarde se dieron cuenta del peligro; el gallinazo pudo emprender el vuelo, la zorra murió tocando su arpa.
Llegó el invierno. El gallinazo volaba muy triste sobre la quebrada. Al atardecer, estando a punto de recogerse, vio al cuy, al borde de una laguna comiendo queso. El gallinazo tenía hambre y pensando que el cuy pudiera remediarlo, se dirigió a él.
-Tengo hambre -le dijo- dame tu queso.
El cuy le dio un pedacito, tan pequeño que apenas se veía. El gallinazo lo comió muy despacito.
-¿Dónde podría encontrar algo más grande? -preguntó muy prudente.
-Debajo del agua -contestó el cuy.
-Pero ¿me mojaré las alas?
-Si sigues mis recomendaciones, nada te pasará -concluyó el cuy.
El gallinazo hizo lo indicado. Buscó una soga, ató una piedra a un extremo, al otro se ató él y se arrojó al agua.
El cuy terminó de comer su queso. Se lavó el hocico y peinó con mucho cuidado sus bigotes.
Después se fue. Del fondo del lago salían unas tristes burbujitas.
A. Jiménez Borja

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