EL CAMPESINO Y LOS LACAYOS


EL CAMPESINO Y LOS LACAYOS

Un campesino, deseoso de conocer al rey, se despidió de su amo, recibió su paga y emprendió el camino de la corte.
Durante el largo viaje gastó todo su dinero y llegó a la ciudad con los bolsillos vacíos.
Tanto le habían hablado del rey que, cuando lo vio y se dio cuenta que no era diferente al resto de los mortales, se llevó una gran desilusión:
- ¡Oh! ¡Por ver a un hombre como yo he gastado todo lo que tenía! ¡No me queda sino medio real!
Para mayor desgracia, del disgusto le empezó a doler la muela. Y entre el hambre que tenía y las molestias, no sabía qué hacer.
Y así pensaba:
- Si me saco la muela me costará medio real y me moriré de hambre; si compro comida me gastaré el dinero y me dolerá la muela.
Atormentado con estos negros pensamientos, se paró delante del escaparate de una pastelería. Pasaron por aquel lugar dos lacayos y, como lo vieron tan embobado, para burlarse de él le dijeron:
-Buen hombre. ¿Cuántos pasteles te comerías de una sentada?
- Me comería, por lo menos, quinientos.
Dijeron:
- ¡Quinientos! ¡Qué barbaridad!
Replicó el campesino:
- ¿y de eso se espantan ustedes?
Ellos que no, y él que sí, dijeron:
- ¿Qué apostamos?
- ¿Qué, señores? Que si no me los como, me saquen esta primera muela - y señaló la que le dolía.
Se pusieron de acuerdo y el campesino empezó a comer. Cuando estuvo harto dijo:
- He perdido, señores. ¡Ya no puedo más!
Los otros, muy contentos y divertidos, llamaron a un barbero, que le sacó la muela.
Y ellos decían:
-¿Han visto a este hombre necio que, por hartarse de pasteles, se deja sacar una muela?
Respondió el campesino:
- Más necios son ustedes, que me han quitado el hambre y además sacado esta muela, que me estaba doliendo toda la mañana.
Al oír esto, todos los presentes empezaron a reír y felicitaron al campesino.
Los lacayos, muy enfadados, dieron media vuelta y se fueron.
Juan de Timoneda

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