EL AUDAZ VUELO DE ÍCARO - LEYENDA GRIEGA


EL AUDAZ VUELO DE ÍCARO

Del él se dice que enseñó a los navegantes, que hasta entonces sólo conocían el remo, el uso de la vela, que se hincha al viento e impulsa la nave; inventó la regla, estableció las más importantes leyes físicas; y fabricó unas estatuas tan hermosas y bien modeladas, que parecían realmente llenas de vida, pues se movían, andaban y hacían toda clase de movimientos.
Tenía Dédalo un sobrino llamado Talos, que se parecía a él en cuanto a ingenio e inteligencia, ya que, cierto día, inventó la sierra, el torno de alfarero y otros utensilios.
Celoso su tío y maestro de la fama alcanzada por Talos y, temiendo llegar a ser eclipsado por él, lo mató a traición, empujándolo al vacío desde la Acrópolis. Luego fingió ante el Aerópago que había ocurrido una desgracia; pero no le creyeron y, como castigo, fue desterrado a Creta, donde el rey Minos le ofreció asilo egoístamente.
Por aquel entonces devastaba el país el monstruo Minotauro, mitad hombre, mitad toro, del que ya se habló al referirnos a Teseo. Minos encargó a Dédalo que construyese un palacio donde encerrar al pavoroso animal, de tal modo que no pudiese ser visto desde el exterior.
El hábil arquitecto construyó su famoso Laberinto, edificio de tortuosas y engañosas galerías que extraviaba completamente a quien lo pisaba, de tal manera que sus innumerables corredores impedían al que entraba allí encontrar de nuevo la salida. En el centro de este Laberinto, como ya se dijo, vivía el Minotauro.
Cuando Teseo logró matar al monstruo y huir con Ariadna, el rey Minos montó en cólera y culpó a Dédalo de aquella fuga. Para castigarlo por su desleal complacencia, el monarca encerró al arquitecto a Ícaro, su hijo, en el propio Laberinto.
Sin embargo, un ingenio fértil como el de Dédalo no podía soportar largo tiempo la odiosa prisión y quiso intentar a toda costa salir de allí.
Pero, ¿cómo lograrlo? La única vía era la del aire.
Dédalo construyó entonces para él y para su hijo, dos pares de alas tejidas con plumas ligeras de distintos tamaños, empezando por las más pequeñas y siguiendo ordenadamente hasta las más largas, atándolas con un hilo de lino y uniéndolas mediante cera. Y una vez unidas, las curvó, con lo que parecían realmente las alas de un ave.
Inmediatamente, se las acopló a los hombros y a los brazos de su hijo Ícaro y se las fijó él también al dorso. Luego se elevó por los aires para probarlas, observando que su resultado era maravilloso.
Cuando todos los esclavos estuvieron dormidos, se dirigió a su hijo y le habló así:
-Sígueme sin temor, Ícaro. Ten cuidado, tan sólo de estar siempre cerca de mí. No te eleves mucho, porque el Sol puede quemar tus alas; ni desciendas mucho, porque las aguas del mar te pueden abatir irremediablemente.
-No te preocupes, padre -respondió Ícaro -. Puedes estar tranquilo. Ya verás cómo atravesamos sin peligro la inmensidad de los mares en un vuelo magnífico.
Una vez realizados todos los preparativos, Dédalo se lanzó confiado al espacio, mientras Ícaro le seguía de cerca. Bajo ellos se extendían, azules y tranquilas, las aguas del mar Egeo.
Atravesaron felizmente la isla de Samos y, después las de Delos y Pharos. Siguieron pasando costas y más costas hasta que Ícaro, envalentonado y maravillado de su vuelo, se elevó a regiones más altas, tan cerca del Sol, que se derritió la cera que unía las plumas de las alas, y, antes de que pudiera pedir socorro a su padre, en rápido descenso cayó al mar y desapareció entre las olas.
-Ícaro. ¿Dónde estás? -gritaba desesperado Dédalo al mirar hacia atrás y no ver a su hijo.
Pero al empezar a buscarle vio sus plumas sobre las olas y comprendió lo sucedido. Entonces descendió a tierra, plegó sus alas y el mar le devolvió el cadáver de su hijo, al que dio sepultura en aquella isla que, como recuerdo de este trágico suceso, se llamaría Icaria.
Dédalo construyó allí un magnífico templo, dedicado a Apolo y le consagró sus prodigiosas alas.

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