CUENTO DE UNA BRUJA


 LA BRUJA

Escazú, la ciudad de las brujas, tendida en las faldas de los cerros, como si se hubiera venido rodando desde arriba, con su pedregal. .. y con sus guarias.
Allí, en una casa blanca con una puerta azul, en compañía de cinco gatos y un silencio... vive la bruja Elvira.
Dicen que fue bonita en sus mocedades. Cuentan que casó con un joven lugareño y aseguran que hacían una feliz pareja. Añaden que cierta mañana el muchacho salió para su trabajo... y aún no ha vuelto. Mil conjeturas se extendieron por el pueblo y finalmente el misterio recogió todas las habladurías y huyó con el costal.
La joven esposa, consultando adivinas y hechiceros, como único camino para saber algo, aprendió el oficio, y terminó por ejercer con mucha industria el arte de la brujería.
Una tarde caliente del tercer mes del año, cierta muchacha, con ojos color tinta de café, golpeaba con sus nudillos la puerta azul de la casa blanca.
-¿Qué te pasa muchacha?
-Déjeme entrar, doña.
Y la rapaza le contó su historia. Estaba fogosamente enamorada de un muchachote vecino, su novio, pero se le estaba escapando ... y no sabía por qué motivo.
-¿Y qué querés de mí?
-Un agüizote pa enamoralo.
La bruja abrió un viejo cofre de cedro amargo, adornado con tachuelas doradas, y se dispuso a buscar el talismán que habría de dar la felicidad a quien lo poseyera. Allí estaba la piedra de venado, el ojo de buey, la guápil de zapote, los muñecos de cera atravesados con alfileres, y en unos cacharritos de barro cocido, el agua serenaba en donde se bañan por las noches los cuyeos agoreros.
La bruja permaneció largo rato mirando aquellos objetos; luego cerró el cofre y miró a su cliente. Era una muchacha muy graciosa pero bastante desaliñada.
La vieja colocó en un ángulo del cuarto un enorme cubo de madera y luego trajo de adentro algunos baldes llenos de agua.
-Desnúdate, muchacha.
-¿Cómo?
-Que te quités la ropa.
-¿Pa qué?
-Tenés que bañarte en el agua milagrosa.
-¿Aquí?
-Sí.
-Me da vergüenza.
-No seas tonta.
Entretanto, la bruja Elvira mojaba en el agua una flor de platanillo, diciendo: “Cegua, recegua nariz de manegua…”
La vieja le ayudó a soltar los broches, y la ropa de la muchacha cayó alrededor de su pies como una circunferencia.
-Aquí tenés jabón mágico.
La bruja le vaciaba el agua desde los hombros, y la muchacha daba saltitos dentro del cubo, rociando el piso de tierra de la sala.
Después que se hubo vestido, la bruja Elvira la sentó en un taburete; le hizo un buen apretado par de trenzas en el pelo, que anudó graciosa mente en la mollera; púsole una guaria morada cerca de la oreja izquierda, y dándole una nalgada la despidió de su casa.
-¿Y el agüizote, doña?
-El agüizote sos vos, tonta.
La bruja Elvira la miró largo rato caminando sobre el empedrado de la calle.
-¡Qué bonita es!...
La muchacha desapareció en la vuelta de una esquina y la vieja aún quedó en la puerta azul de la casa blanca.
-¡Ya ni pa bruja Sirvo!..
La tarde, caliente todavía, estaba destilando en su gran alambique del poniente las últimas gotas del sol.
-¡Y cómo perdí a mi esposo!..
En el centro de la calle, por arte de extraña alquimia, se efectuaba la transmutación de los metales.
-¡Ay!... ¡Mis pobrecitos recuerdos!...
Luego, “Las reinas de la noche” destapaban el pomo de sus esencias al reclamo de las primeras constelaciones. Junto a la torre de la iglesia, parecía que iba a tener lugar un eclipse lunar... o reloj. ¡Era la hora del aquelarre!
La bruja Elvira entró por la puerta azul de la casa blanca y cogió la escoba. Cogió la escoba... y se puso a barrer la sala.
Carlos Salazar Herrera

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