CUENTO DE MILAGROS - EL MILAGRO DE LA ANCHOVETA


EL MILAGRO DE LA ANCHOVETA


En un lugar del departamento de Ica vivía, hace algunos siglos, una tribu de gentes pacíficas y trabajadoras.
Todos los habitantes de ese pueblo estaban dedicados a la agricultura, pues se alimentaban principalmente de los productos que sembraban en sus tierras.
Pero, a pesar del esfuerzo de esa sencilla gente, las cosechas eran escasas y pobres, debido a que la tierra no era muy fértil y producía poco.
Cuando había sequía, las aguas del río se agotaban, y sin la ayuda del líquido las plantas se secaban y morían.
Entonces las gentes de la tribu padecían de sed y de hambre y, además, tenían que soportar el calor del sol abrasador de esa zona, que se ponía más fuerte cuando no había lluvias.
Sobre la tribu se cernía otro peligro: debido a la falta de alimentos, los adultos se debilitaban y no podían luchar contra una tribu vecina, que habitaba en una zona fértil y que continuamente se dirigía donde ellos para robarles sus animales y también sus mejores mozos, a los cuales convertían en esclavos.
Por eso, las gentes de que les hablo, trabajaban duramente para sacar a la tierra la mayor cantidad de frutos, y hacían ofrendas a sus ídolos para que los protegiera, enviándoles mucha agua para fertilizar sus campos.
Cierta vez, los dioses no quisieron escuchar las súplicas de los moradores del valle y las lluvias no llegaron a la tierra, cuando más se necesitaban.
El río, que antes era caudaloso, quedó convertido en un charquito, y el agua faltaba para los humanos, los animales y las plantas.
El sol aparecía diariamente en el cielo y secaba, más y más, todo el verdor de los campos.
Entonces los miembros de la tribu pensaron abandonarlo todo y emigrar hacia la zona del mar, donde había abundantes peces para comer.
Pero esos lugares ya estaban habitados por otros pueblos, que vivían de la pesca, y no dejaban que nadie se acercara a sus dominios.
Un día apareció en el valle un pescador, venido de otros parajes.
Llevaba una gran canasta, llena de pescados grandes, gordos y también pequeños.
Había llegado a la tribu para hacer un trueque: quería cambiar lo que había pescado por maíz, frutas y hierbas.
Los agricultores de la tribu que tenían los mejores frutos, recibieron por ellos los pescados más hermosos y frescos.
Los que tenían pequeña cosecha debieron conformarse con los pescados chiquitos, que eran negruzcos y delgados.
Entre los naturales que cultivaban la tierra había una mujer muy pobre, que había quedado viuda, con varios hijos pequeños.
La nativa ofreció al pescador unas pequeñas mazorcas que tenía y éste le entregó unos pececillos, los que ella repartió entre sus hambrientos familiares, guardando las cabezas de los animalitos en un rincón de su choza, pues tenía la intención de alimentar con ellas a sus plantitas nuevas de maíz, que estaban muy débiles.
Temprano en la mañana, la agricultora se dirigió a su chacrita, cercana a su choza, abrió pequeños hoyos junto a las plantitas y enterró en ellas las cabezas de los pescados, para que les sirviera de alimento.
La mujer hacía esto porque era muy bondadosa y no podía quedarse tranquila viendo que sus plantas desfallecen de hambre.
Pasaron los días y, de pronto, grandes gotas de lluvia cayeron sobre el valle. El río volvió a llenarse de agua y los agricultores pudieron regar, por fin, sus campos mustios y sedientos.
Las plantas de la chacra de la viuda, eran las más hermosas del valle. Las mazorcas habían crecido gigantescas, mediante el cuidado que ella les había dado.
La mujer contó entonces al curaca de la tribu, y a todos sus compañeros, que las plantas le daban a ella buenos frutos en señal de agradecimiento, porque las había alimentado desde que eran pequeñitas con cabezas de pescado.
Desde entonces, los nativos de ese lugar, tomaron la costumbre de sembrar sus semi/las de maíz, junto con una cabeza de esos pescados menudos, que eran los que más abundaban en el mar. y las plantas, con ese abono, crecían fuertes y altas, como nunca.
Al cabo de algunos años, mediante las abundantes cosechas que sacaban de sus tierras, la tribu se hizo muy poderosa.
Los hombres, que ya estaban mejor alimentados, pudieron rechazar las invasiones de las tribus vecinas y, por esa razón, no volvieron a ser molestados y, más bien, ellos se expandieron hasta la costa.
Entonces eligieron como su dios principal al mar, que les proporcionaba pescado para comer y para abonar sus tierras, y le llamaron Mamacocha, que quiere decir: madre mar, y que hacía oficio de madre al darles de comer.
Y aquel buen pececillo que sirvió a los naturales de nuestro país, hace tanto tiempo, aún sigue viviendo en nuestro mar, en fabulosa cantidad. Lo llamamos anchoveta, y nos sirve mucho a nosotros también. Por eso es que consideramos su valiosa ayuda casi como un milagro.
Gabriela Nieri De Dammert

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