LOS VOLADORES DE VERACRUZ - CUENTO


LOS VOLADORES DE VERACRUZ
Las campanas del Corpus y las salvas de honor disparadas desde el fuerte de San Juan de Ulúa despertaron a Pedro Sánchez. Aquél era un gran día de fiesta en el pueblo mejicano de Veracruz y, con este motivo, él y otros tres muchachos iban a realizar una exhibición de vuelo en la plaza de la Catedral.
Ayudado por su madre, Pedro se puso el vistoso disfraz de pájaro: casaca roja, pantalón corto y sombrero puntiagudo, rematado con cintas y plumas. Muchas veces había practicado este antiguo deporte, que consistía en girar por el aire sujeto a una cuerda atada en la punta de un palo a casi veinte metros del suelo.
Este deporte tiene mucho de ceremonia religiosa de los viejos tiempos y aún se practica en algunas zonas de Veracruz.
Pero hoy es diferente: hoy se hace ante el público de la ciudad, a las puertas de la catedral.
La plaza hervía de gente cuando llegó Pedro.
Todos iban de un lado a otro hablando a gritos, muy contentos. En mitad de la plaza estaba el palo con su plataforma en la punta.
Al pie del palo, esperaban a Pedro sus tres compañeros.
Llegado el momento, se hizo un gran silencio y el público formó un gran círculo.
Acompañados por la flauta y el tambor, los cuatro muchachos empezaron a bailar.
Pedro se sintió transportado a otro mundo.
Bailaba como si se hundiera en la tierra, el cuerpo inclinado hacia adelante, levantando las rodillas y golpeando fuertemente el suelo con sus pies descalzos.
Luego la música cambió de ritmo, y los jóvenes treparon ágilmente por el palo hasta la plataforma circular.
Desde allí arriba, la plaza parecía un gran mosaico de colorines en movimiento, Pedro alzó la cabeza hacia el cielo. En ese momento, él ya no era el hijo de Ruperto Sánchez, el capataz, sino un joven guerrero muerto y convertido en estrella por Huitzipochtli, el dios de la guerra y del Sol.
Tras una corta pausa, los cuatro “Voladores”, con un pie atado a una cuerda, se lanzaron al vacío desde la plataforma giratoria para describir en el aire los trece círculos obligados. A medida que la cuerda se iba desenrollando, el círculo se hacía más amplio, y más rápido el vuelo, Pedro había cerrado los ojos: las almas de los guerreros volvían a la tierra en forma de estrellas pájaros. Y él volaba, volaba, sintiendo el viento en su cuerpo y escuchando cada vez más cerca el sonido del tambor como el latir de un pulso gigante.
Trece vueltas exactas: un hábil giro del cuerpo, y sus pies tocaron tierra.
Libres de la cuerda, los “Voladores” siguieron bailando. Pero, ahora, Pedro ya veía al público y a sus padres sentados en primera fila. Los dioses habían quedado arriba, y él, Pedro, era un muchacho indio de catorce años que iba a recibir los aplausos del público.
Anónimo

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