LA FLAUTA MÁGICA - CUENTO INFANTIL

LA FLAUTA MÁGICA
Cuentan que en una aldea lejana vivía una muchacha que, al quedarse huérfana de padre y madre, trabajaba pastoreando los rebaños del pueblo.
Salía con sus ovejas al amanecer y caminaba monte arriba en busca de una pradera verde. Mientras el ganado pastaba, ella, sentada en una piedra, se entretenía fabricando flautas de caña, con las que tocaba bellas melodías. Un día, cuando estaba ensimismada con su música, vio aparecer ante ella una figura resplandeciente: era un ángel que la miraba sonriendo.
- Eres una niña buena. Pídeme lo que quieras y te será concedido.
- Sólo deseo una cosa - dijo ella-: una flauta que haga bailar a todo el que la oiga.
El ángel le entregó inmediatamente una hermosa flauta desapareció. La pastora, muy contenta, empezó a tocar el mágico instrumento. Al instante, todas las ovejas y corderos empezaron a bailar al son de la música.
Pero he aquí que el señor boticario, que había salido a cazar por aquellos parajes, escuchó a lo lejos la música. Inmediatamente empezó a sentir un extraño hormigueo en los pies y, sin darse cuenta, se encontró bailando sin poder detenerse. Bailó y bailó, jadeando de cansancio, hasta que la música cesó.
- ¡Esto es cosa de brujería! - exclamó.
Y corrió al pueblo, furioso, para denunciar a la pastora que lo había hechizado con su música .
La pastora fue llevada ante el tribunal del pueblo y condenada a muerte por bruja.
Cuando iba a cumplirse la sentencia, le preguntaron si tenía un último deseo. Ella rogó que le desataran las manos, porque sus muñecas estaban adoloridas.
- ¡No lo hagan! ¡No lo hagan o tendrán que arrepentirse! -gritó el boticario al ver que soltaban las ligaduras de la muchacha.
Pero no lo oyeron y, si lo oyeron, no le hicieron caso. Entonces, el boticario rogó a un hombre que se encontraba a su lado:
- ¡Átame bien fuerte a este árbol y aprieta bien la cuerda! Al ver sus manos libres, la pastora sacó del bolsillo la flauta mágica y empezó a tocar una alegre melodía.
Todos los que se encontraba en la plaza, hasta el verdugo y los soldados, empezaron a bailar. El boticario, atado como estaba, movía también los pies y la cabeza al compás de la música.

Cuando la melodía se detuvo, la gente, encantada por el buen rato pasado, corrió a pedir al alcalde que perdonara a la pastora, y el alcalde, que también había estado bailando concedió el perdón con mucho gusto.
Desde entonces, todo el pueblo bailó en las fiestas al son de la flauta mágica y la pastora vivió querida y respetada por todos.
Anónimo

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