EL OBRERO Y LA GALLINA


EL OBRERO Y LA GALLINA
En un pueblo de la sierra central, a orillas del río Mantaro, volvía un tejedor de la fábrica a su hogar. Hombre temeroso de Dios, a quien su esposa y cinco hijos pequeños aguardaban para comer la modesta cena que consistía en un plato de sopa de ollucos con muña. El padre no mostraba ganas de comer y con un fuerte suspiro puso su sueldo sobre la mesa, diciendo:
- Este dinero es el último que tenemos para vivir, pues he sido despedido.
- ¡Imposible! - exclamó la esposa - Hace tres años que trabajas en la fábrica y hace quince días que el dueño te alababa ante sus amigos como un obrero fiel y aplicado.
- Para mí también es inexplicable - contestó el esposo - pero el industrial se mostró firme en su resolución. Ahora, agregó, es necesario que oremos como nos manda el Señor, con humildad y sencillez; porque, antes que pidamos, el Padre ya sabe lo que necesitamos.
En la mañana del día lunes, el hombre empezó la búsqueda de empleo. Cada día volvía a casa desconsolado; durante toda la semana no halló ninguna puerta abierta. Los vecinos, que de todo se enteran, no le prestaron ninguna ayuda.
Pronto llegó el día en que la madre tuvo que poner el último pedazo de pan sobre la mesa, para los dos niños más pequeños; mientras los dos mayores tuvieron que ir al colegio en ayunas con la esperanza de recibir el desayuno escolar.
También ese día salió el padre en busca de trabajo; mientras que la madre se ocupaba del arreglo de la casa.
La esposa realizaba sus quehaceres, preocupada en qué cocinar para el almuerzo, cuando oyó el grito de un muchacho majadero en la calle:
- ¡Aquí les traigo algo de comer! - y al mismo tiempo arrojó un bulto por la ventana del comedor, produciendo un fuerte ruido.
Ella corrió a ver de qué se trataba y encontró en el piso una gallina muerta.
Tomando el ave por las patas, iba a depositarlo en la basura, cuando notó el buche muy hinchado que despertó su curiosidad.
Tomó el cuchillo, e hizo un corte y encontró entre los granos de maíz una cadena de oro con una piedra preciosa de brillo claro.
Llevó la joya al platero quien al verla, exclamó:
- ¡La conozco! Hace quince días la vendí al señor Palacios. Mire usted, aquí lleva mi marca.
Inmediatamente fue a casa del patrón para explicarle lo ocurrido. La hija del patrón explicó que su gallina, que tenía domesticada, había muerto repentinamente y la había dejado en el tacho de la basura; de allí alguien la recogió y arrojó por su ventana.
El señor Palacios agradeció la devolución de la joya a la señora, se disculpó con su fiel servidor por las sospechas mal infundadas y lo repuso en su trabajo con mayor sueldo del que estuvo recibiendo.
Anónimo

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