EL PRÍNCIPE PERVERSO - Resumen


EL PRÍNCIPE PERVERSO


Érase una vez un príncipe perverso, cuya única ambición era conquistar todos los países del mundo y hacer que su nombre inspirase terror. Sus tropas pisoteaban los campos e incendiaban las casas de los labriegos. Ni el demonio hubiera procedido con tanta perversidad.
De las ciudades conquistadas se llevaba grandes tesoros, con los que acumuló una gran riqueza. Mandó a construir magníficos palacios, y la gente exclamaba: “¡Qué príncipe más grande!”. Pero no pensaban en la miseria que había llevado a otros pueblos, ni oían las lamentaciones de los pueblos de las ciudades calcinadas “Aún quiero más, -decía- y no deseo que haya otro ser igual al mío”. A todos los derrotó, ordenando que los reyes vencidos fuesen atados a su carroza con cadenas de oro corriendo detrás de ella a su paso por las calles. Los arrojaba a sus pies, obligándoles a recoger las migajas que él lanzaba. Luego, dispuso que se erigiese su estatua en las plazas y en los palacios reales. Incluso pretendió tenerla en las iglesias, frente al altar del señor. Pero los sacerdotes dijeron: -Eres grande, pero Dios es más que tú. No oses hacerlo.
-Pues bien! -dijo el perverso-, ¡Entonces, venceré a Dios! y en su soberbia y locura construyó un ingenioso barco, capaz de navegar por los aires. Sólo tenía que oprimir un botón y mil balas salían disparadas. Pronto emprendió el vuelo hacia el Sol. Entonces, Dios envió a uno de sus ángeles y el perverso lo recibió con una balacera. Una gota de sangre, una sola, brotó de aquellas blanquísimas alas, yendo a caer en el barco y dejándole una avería que pesó como mil quintales de plomo, y precipitó la nave hacia tierra. Medio muerto yacía el príncipe en el barco, el cual quedó suspendido en los árboles. -¡Quiero vencer a Dios! -gritaba- ¡Lo he jurado! Construyó poderosas naves, pues quería derribar el cielo. Se disponía a embarcarse, cuando Dios envió un enjambre de mosquitos; los que rodearon al príncipe y le picaron en la cara.
Desenvainó la espada, sin acertar uno solo. Ordenó que le tejiesen tapices y lo envolviesen con ellos; pero uno quedó dentro, se introdujo en su oreja y le clavó el aguijón, causándole espantoso dolor e ingresando el veneno en su cerebro. Como loco rasgó sus ropas y se puso a bailar desnudo ante sus soldados, quienes estallaron en burlas contra el insensato que quiso vencer a Dios, y fue vencido por un ínfimo mosquito.
Hans Christian Andersen

No hay comentarios:

Publicar un comentario