CUENTO DÍA DEL LIBRO - LA LECHERA


LA LECHERA

En un verde valle rodeado de montañas, vivía un granjero. Tenía una granja con tres vacas, muchas ovejas, un cerdo y varias gallinas. Sin embargo, cuidaba poco a los animales, no les daba suficiente comida ni agua, no les ofrecía cariño, no los aseaba; hasta parecía molestarse con ellos. Los pobres estaban sucios, descuidados y tristes.

Un día, llegó al valle una muchacha trabajadora, alegre y preocupada. Se llamaba Teresa y soñaba con tener una pequeña granja. Como le gustaban mucho los animales, se quedó a trabajar con el granjero. Todos los días limpiaba los establos, daba de comer y beber a los animales, los acariciaba, hablaba con ellos y hasta cantaba. Y al poco tiempo, las vacas empezaron a dar más leche, las ovejas se cubrieron de abundante lana, el cerdo engordó y las gallinas ponían más huevos.

El granjero estaba contento por el cambio que habían experimentado sus animales; también las plantas y los árboles de la granja parecían más alegres. Y, como recompensa, regaló a Teresa un porongo de leche. La muchacha se puso el porongo en la cabeza y echó a andar camino del mercado. Mientras caminaba iba soñando:

“Venderé la leche y con el dinero que me den compraré huevos. Y de los huevos nacerán pollitos que pronto se convertirán en hermosas gallinas. Luego venderé las gallinas y compraré un cerdo. Y cuando esté bien gordo, lo venderé y compraré una vaca. La vaca me dará mucha leche, así que pronto compraré otra vaca y muchas más”.

Cada vez más contenta, Teresa cantaba y saltaba camino del mercado. De pronto, la muchacha tropezó y ¡plas!... el porongo cayó al suelo y la leche se derramó por todo el camino.

Teresa se puso a llorar con mucha amargura y pronto emprendió el regreso a la granja.
Por el camino empezó a pensar: “Seguiré trabajando en la granja y conseguiré con mi trabajo otro porongo de leche y con mucho cuidado lo llevaré al mercado. Allí venderé la leche y compraré huevos. Y de los huevos nacerán pollitos que pronto se convertirán en hermosas gallinas y entonces venderé las gallinas y compraré un cerdito...”

Y cuentan que al poco tiempo había en el valle una nueva granja. Muchos se preguntaban: “¿De quién será? Se la ve muy bien cuidada”. Tanta curiosidad despertó en el pueblo, que al fin todos se enteraron. Era una granja pequeña con una preciosa vaca, dos ovejas y un cerdito sonrosado que seguía a la granjera por todas partes. La granjera, claro está, era Teresa.

FÉLlX MARÍA SAMANIEGO

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