PULGARCITO


Había un vez un niño que se llamaba...
Pulgarcito era el hijo menor de los leñadores. Era tan pequeñito como un dedo gordo. Vivía esquivando pisotones y dormía la siesta en tazas de té. Pulgarcito hablaba poco, y escuchaba mucho. Una noche hubo tres frijoles en cada plato. Los papás y los siete hermanos los comieron despacito, en silencio, aunque todos pensaban en la misma hambre. Antes de dormir, Pulgarcito se colgó del picaporte del dormitorio de sus papás y paró bien la oreja.
La leña no se vendía, quedaba un pan duro, y tantos hijos. Esa noche Pulgarcito escuchó llorar a los padres mientras organizaban un plan y tampoco él pudo dormirse con las cosas que había oído. Al día siguiente, el padre llevo a sus siete hijos al bosque. Pulgarcito fue tirando piedritas por todo el camino. Cuando estuvieron bien adentro, el padre se puso a cortar leña; los hijos juntaban ramitas. Cuando los hermanitos se dieron cuenta, estaban solos en medio del bosque. Llamaron al padre a los cuatro vientos. - ¡Papá! ¡Papito! Pulgarcito no gritaba, sabía que su papá no iba a volver. En camino, les dijo a sus hermanos que siguieran las piedras y, así, pudieron volver a casa. Los niños se escondieron detrás de la puerta y oyeron que los padres discutían. La mamá preguntaba:
- ¿Dónde estarán mis hijitos? ¿Se los habrán comido los lobos?
Entonces empujaron la puerta y dijeron: - ¡Aquí estamos!
Los papás se pusieron contentos de verlos de nuevo. La mamá les lavó los pies y, de cena, les contó un cuento. Al día siguiente los leñadores cobraron unas monedas que les debían. La alegría inundó la casa, y duró tanto como las monedas. Poco a poco la comida fue escaseando. Hubo menos carne y más pan, menos pan, más hambre. Pulgarcito oyó a sus papás llorar. No podían ver hambrientos a sus hijos. Al otro día buscó piedrecita, pero no encontró. En el almuerzo Pulgarcito no comió. Guardó en su bolsillo el pedacito de pan que le tocaba y sintió un hambre gigante rodar por su cuerpo pequeñito. A la tarde el padre fue con sus siete hijos al bosque. Pulgarcito tiraba miguitas de pan por el camino; la barriga le crujía como si supiera. Cuando llegaron a la parte más honda y espesa, el padre se puso a cortar leña; los hijos juntaban ramitas. Cuando el papá vio que estaban ocupados, los dejó en el bosque. Los hermanos competían a ver quién juntaban ramitas más largar, ramitas más anchas y más ramitas.
Pero llegó la oscuridad, el hambre, el cansancio. Y se dieron cuenta. Llamaron al padre, gritaron a los cuatro vientos. - ¡Papá! ¡Papito! Pulgarcito callado. Los hermanos se desesperaron. Pulgarcito les hizo una seña y empezaron a seguir las huellas del pan. Caminaron, caminaron. De pronto las miguitas desaparecieron. No estaban aquí, no estaban allá. Y los pájaros volaban contentos con la panza llena. Ahora sí que estaban perdidos. Los hermanitos daban vueltas y vueltas por el bosque. Los aullidos de los lobos los rodeaban, el frío oscuro los desgarraba de abandono. Al Pulgarcito el hambre se le hizo miedo, y el miedo, valentía. Entonces vio una luz lejana. Después de andar un rato llegaron a una cabaña. Pulgarcito golpeó la puerta y una mujer enorme le sonrió. Le contó que estaban perdidos, le pidió pasar una noche en su casa. - ¡Aquí vive el ogro Comeniños! – dijo la señora. Pero Pulgarcito oía los lobos aullando y aullando y prefirió al ogro. La señora sentó a los siete hermanitos junto al fuego, hasta que se oyeron pasos gigantes. Entonces los escondió debajo de la cama. El ogro gritó a la esposa porque la casa estaba desordenada y le pidió la cena. Una vez sentado dijo: - Hay olor a carne fresca. La mujer le dijo que era el ternero, que era el lechón, que era el cordero, que era la sopa que preparaba la vecina. Pero los ogros lo huelen todo, y éste fue derechito debajo de la cama. Agarró a los siete niños con una mano y se los imaginó con salsa de tomate. – Prepara la salsa que me los como. – Ah, no golosinas antes de cenar, no- se enojó la mujer-; después no comes la comida. Y le sirvió el lechón asado. – Además estás gordo. Eso fue suficiente para que el ogro se reservara los niños para el desayuno. – Sí, con un huevo frito van a estar riquísimos. Dales de comer, así no adelgazan. A Pulgarcito y sus hermanos se les fue todo el hambre. Querían adelgazar para no tentar al ogro. Pero si no comían el ogro los miraba enojado y parecía peor. Esa noche la mujer los acostó en una cama deseándoles felices sueños. El ogro había tomado mucho y no tardó en roncar como un dragón. Entonces los niños se escaparon. La casa era tan enorme que no les resultó difícil salir por la ventanita del baño. Caminaron, caminaron. Los aullidos de los lobos parecían amigos, al lado del ogro Comeniños. Nunca los habrían tratado de golosina. Cuando el ogro se despertó y vio que su desayuno no estaba, se puso furioso. Se calzó las botas sus siete leguas y salió a buscar sus siete golosinas. Los niños lo vieron moverse para todos lados; daba dos pasos y avanzaban muchos kilómetros. Un poco por sus patas de ogro, mucho más por las botas mágicas. - ¡Mis golosinas! ¡Mis golosinas! – gritaba. Entonces Pulgarcito llevó a sus hermanos a una cueva en medio de una piedra enorme. Se escondieron y se abrazaron de frío, de miedo, y con ampollas en los pies. Con las botas se siete leguas era fácil recorrer el bosque en minutos, pero el cansancio se sentí igual. El ogro se recostó al lado de la piedra, pero tan cansado estaba que no olió sus bomboncitos de carne. Cuando los ronquido de dinosaurios salieron de a puñados, Pulgarcito dejó la cueva y le sacó la botas al ogro, que soñaba con tortas de niños y chocolate. Pulgarcito se las puso y las botas se achicaron al tamaño de sus pies. O sea, mucho. Con tres pasos se orientó en el bosque como si fuera una lagunita. Ubicó la casa de los padres y les indicó el camino a sus hermanos. Con otros tres pasos fue hasta la casa del ogro. Cuando la mujer abrió, Pulgarcito le dijo que su marido estaba en peligro. ¡Unos ladrones lo iban a matar! La única manera de salvarlo era entregándoles inmediatamente todo el oro y el dinero. Para eso el ogro le había prestado sus botas de siete leguas. No había tiempo que perder. La mujer reconoció las botas y le dio la Pulgarcito todo lo que tenían. Al fin y al cabo, el ogro era gruñón, pero buen marido. En cinco pasos Pulgarcito llegó a su casa; era una montaña de oro ambulante. Los padres se alegraron mucho de ver a sus siete queridos hijos de nuevo. Nunca se perdonaron los habían hecho; el reproche les sabía amargo como una fuerte puñalada. Esa noche comieron el estofado más rico y la mamá repartió golosinas. Pero ninguno las quiso probar.
Fin
Autor:Hermanos Grimm

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