LA LEYENDA DE LA CAÑA (22 de agosto: Día del folclor)


La Caña y el Viendo dos grandes compañeros
En tiempos remotos; cuando aun las cosas del mundo no tenían nombre, había una caña que nació un poco alejada del cañaveral.
El viento, que siempre ha sido bastante juguetón, un día pasó por allí y viéndole tan solitaria, decidió darle un buen susto.

Primero, sopló con fuerza alrededor de la caña, pero ni siquiera logró despeinarle las hojas. Después, subió y subió para lanzarle luego en picada sobre ella, pero la caña seguía erguida, como si nada ocurriera. Entonces, el viento se puso a danzar por todas partes, silbando y haciendo sonar las piedras; pero la caña, delgada, valiente y tranquila se inclinó ante él y se lo tragó de un bocado.

Los esfuerzos del viento por tratar de salir se convirtieron en sonidos, que se fueron trenzando hasta armar un dulce y extraña melodía. Así nació la música del viento.

Al viento le agradó mucho aquella música. Desde entonces, acostumbra bajar al cañaveral o quedarse cerca de él. Se esconde entre las ramas para sorprender a la caña y meterse en ella cuando bosteza. De vez en cuando, toma el dulce perfume de las flores para llevárselo a su amiga, la caña.

Una niña andaba por aquel lugar y escuchó una música nueva y maravillosa. Se acercó intrigada. Creyó que el gorrión había inventado un nuevo canto. Cuando puso más atención, descubrió el secreto que tenían la caña y el viento.
Cortó un pedazo de caña y se puso a soplar del agujero para sacarle nuevos silbidos y quejas. La niña empezó a amar, en seguida, aquella música. Tomó una, dos, tres… ocho cañas, de todos los tamaños, las ató y armó una antara.

Y llamó al viento… pero al viento que había encontrado en su corazón.
Desde ese día, lleva al cañaveral y al viento en su bolsillo.

De vez en cuando, se la oye cantar esta melodía:

“Cuando el viento duerme
entre las flores;
y se callan los ruiseñores,
mi antara
empieza a regalarme
canciones”.
Arturo Vergara.

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