EL SOL Y EL ERIZO (23 de setiembre: Día de la primavera)


El gran amigo del erizo es...
Hace mucho, mucho tiempo cuando los erizos aun no tenían púas, el sol decidió dar una fiesta para celebrar con los animales su próxima boda. Cuando llegó el día de la fiesta, todos los animales acudieron al palacio del Sol.
- Vamos amigos, - decía el Sol -. ¡Coman y beban lo que quieran! Pronto voy a casarme y quiero celebrarlo con ustedes. ¡Entren, entren!
Los animales entraron al palacio, y empezaron a comer y a beber. Todos entraron, excepto el erizo que se sentó en un rincón, sacó una piedra de su bolsillo y empezó a roerla.
Al cabo de un rato, el Sol se acercó al erizo y el dijo amablemente:
- Erizo, ¿se puede saber qué haces con esa piedra? ¿Es que no te gustan estos manjares? Si quieres otra cosa…
- ¡Oh, no gran Sol! No quiero nada…
- Amigo erizo – continuó el Sol- . Seré sincero contigo. Me extraña tu comportamiento. No pareces muy contento con mi próxima boda.
- La verdad, yo… he pensado y verás… Se me ha ocurrido que hasta ahora tú has sido siempre único Sol y nos das luz y calor en abundancia.
Bueno a veces, nos das incluso demasiado calor… nacerán mas soles dentro de poco y hará tanto calor que las plantas se secarán y morirán. Toda la Tierra se convertirá en un gran desierto… Y entonces, ¿Qué comeremos? ¡Nada! ¡Nada, excepto piedras como ésta!
- Ya entiendo…- dijo el Sol.
- Por eso – continuó el erizo- estoy entrenándome ya con esta piedra…
El Sol quedó serio y pensativo durante un buen rato. Poco después mandó a callar a sus invitados.
- Queridos amigos- dijo el Sol-, siguiendo los sabios consejos del erizo, he decidido no casarme. La fiesta ha terminado.
En ese mismo instante, un gran murmullo se extendió por toda la sala. Los animales, furiosos, clavaron los ojos en el pequeño erizo y se abalanzaron sobre él. Pero el gran Sol lo escondió entre sus rayos y dijo:
- ¡Márchense! Y les prohíbo que acerquen al erizo. ¿Entendido?
Los animales no tuvieron más que salir del palacio.
- ¿Ya estás contento, amigo erizo? – preguntó el Sol.
- Si… - respondió el erizo-, pero en cuanto salga de aquí, todos me molestaran y tu no estarás para defenderme.
Entonces el Sol, como muestra de agradecimiento, decidió regalarle el erizo una manta de púas, puntiagudas para cubrir el cuerpo.
- Toma, erizo, a partir de ahora nadie se atreverá a tocarte.
Y, en efecto, desde aquel día todos los erizos tienen púas y nadie se atreve a molestarlos, porque el Sol se podría enojar mucho
José Manuel De Prada.

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